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No sé muy bien todavía lo que es el amor, no sé qué significa un beso…

Yo tengo solo 12 años, aunque ya llevo 6 sabiendo que los niños, los chicos me permito llamarlos ahora, me gustan y me gustan mucho. No sé muy bien todavía lo que es el amor, no sé qué significa un beso más allá de esos besos regalados, siempre con el chico que no suele gustarte tanto de tu clase, en esos juegos premeditados en un rincón del patio del colegio o en alguna excursión donde la nocturnidad nos permite evadirnos un poco más si cabe. Pero yo, que me miro y me siento viva, y hago listas de todos los chicos que me gustan, y dibujo corazones, y adoro el color rojo el día de San Valentín, y no me gustan ni mis cejas ni mis dedos ni mi pelo, ni mi barriga siempre más abultada de lo que me gustaría, ni mis granos adolescentes, aún no he besado unos labios de verdad. Tampoco tengo esa constante preocupación, cuando no has probado algo ni siquiera sabes qué sabor tiene.

Pero entonces llega el verano, y con él, el calor y un campamento estival. Algo así como 60 jóvenes en pleno estallido hormonal luchando por entenderse y hacerse un huequito en el mundo sin siquiera tener constancia de lo que ello significa. No soy consciente de mis capacidades pero nada más poner un pie en lo que resultarían ser 10 días de experimento emocional en una zona de alta montaña, hago, tal vez, lo que después repetiré el resto de mi vida en circunstancias similares, echar un vistazo en busca del niño, más adelante chico, y luego hombre que me atraiga de entre toda esa multitud. Es algo mecánico, yo no lo hago, lo hace mi mente incluso antes de que tenga tiempo a reaccionar que estoy buscando algo, alguien que me llame por alguna razón. Simplemente por buscar ese entretenimiento mental que se da entre líneas mientras mi actividad basal va sucediendo. Le veo. Le he visto, ahí está. Además, una amiga se lio con él en la edición del año anterior del mismo campamento y en caso de no haberlo identificado a la primera como el chico que acapara mi atención sentimental, ella se hubiera encargado por activa y por pasiva de no parar de hablarme de él y lo guapo que es y lo bien que besa y lo especial que resulta, días después se arrepentiría tanto de haberme dicho todo aquello. Repito, tengo 12 años, él 13. Tampoco hablamos de grandes experiencias, aunque para mi es tremendo todo lo que estoy viviendo.

Pasan algunos días, te miro, me miras, risas, vamos a buscar jarras de agua juntos durante el almuerzo. Y entonces llega el día en que salimos a patinar sobre hierba. Cualquier excusa hubiera sido válida porque a mí todo me suena a escena de película romántica. Él lo sabe (bueno es un chico de 13 años así que básicamente no sabe ni que lo sabe) y yo sí lo sé. Nos quedamos un poco apartados y así tonteando, meloseando, mirando de un lado a otro me dice –¿quieres salir conmigo?-. Sí, sí, sí! Me han pedido para salir! A mí! Yo que sólo me veo unas piernas muy largas y soy más pequeña, y mi amiga está loca por él, pero me han pedido para salir a mí. Yo no sé ni lo que es salir ni lo que es respirar en ese momento. Pero tras un dulce y corto sí, desde mi más humilde corazoncito añado –yo no he salido con nadie aún-. Por favor, compartamos la carcajada sonora tras ese momentazo de sinceridad. Ya ni recuerdo cuál fue su respuesta pero algo de ánimo y complicidad, porque desde luego si algo había ahí, eran un chico y una chica hechos un manojo de nervios.

Así que ya está, tengo novio, ahora soy la novia del chico con el que salgo. Que abstracto todo esto. Llega la noche, yo nunca he besado, me aterra pensarlo pero tengo tantas ganas. Nos vamos a dormir por grupos de 6 en bungalós, cada uno dentro de su saco de dormir. Él y yo quedamos en las literas de arriba flanco derecho. El tacto áspero y el color verdoso de esos colchones de espuma sobre los que pacían nuestros cuerpos nerviosos está aún tan presente en mi mente como el té de especias intenso que saboreo en este preciso instante. Mi corazón va a mil, mi respiración más rápido aún, la garganta se me seca y soy incapaz de tragar saliva sin poner en evidencia mi inocencia en el mundo del amor físico con el sexo contrario. Cada periodo de aproximadamente sesenta segundos, sí un minuto lo sé, nos vamos acercando unos 5 milímetros, sí lo sé una eternidad, y así poco a poco los cuerpos que se atraen van quedando más juntos en ese universo que parecía de distancias infinitas. El desenlace culmina en un ansiado dulce sencillo húmedo lento beso con lengua que siento dentro de mí como si llegara a mi esófago. Todos dormían a nuestro lado y nosotros nos dedicamos a besarnos durante no recuerdo el tiempo exacto pero sí el necesario para que el agotamiento mental debido a la intensidad nos llevara al sueño.

Así fue, así fue ese primer amor que siempre y por siempre será el número uno de una vida llena de montañas rusas. ¿Qué pasó con él? Pues esas noches de besos se repitieron, esos besos detrás de un árbol, en el asiento del autobús volviendo a casa, en el avión del trayecto final, todos se repitieron. Luego el verano hizo que cada uno siguiera su camino, yo me dedique a escribir por todas partes corazones con su nombre hasta que un día volvimos a quedar y así como me pidió para salir también me dijo que ya no estábamos juntos. La verdad, fue como un –oh, las galletas se han terminado! qué pena!, qué sabor viene ahora?-.