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El Diez en las ocho letras del adjetivo brevedad que da cuerpo a las dos sílabas de aquel único beso.

El Diez en las ocho letras del adjetivo brevedad que da cuerpo a las dos sílabas de aquel único beso. Toda la brevedad del ser expandiéndose en el asiento de atrás de un coche un sábado nocturno con alcohol en el ambiente, pero sobre todo en nuestra sangre. Tomar una rotonda y sentir que los cuerpos están más cerca de lo que nunca habían estado ni estarían, y en tan sólo una ínfima parte de los segundos que lleva leer este párrafo suceder un beso.

Él no podía ser más, demasiado amigo como para traspasar ninguna barrera. Extremadamente fugaz como para poder hoy escribir algo romántico de aquello. Al mismo tiempo lleno de juego, de días acumulados entre clase y clase llenando las alforjas del flirteo, idas y venidas entre tantas otras vueltas del patio con ganas de probarlo.

Confieso que catar por catar nunca se me dio mal en aquellos tiempos. Siempre tuve la facilidad de hallar aventura en el brillo de los ojos. Con el tiempo quiero creer que soy más elitista, aunque no quiero perder nunca la capacidad de ver a la magia reflejada por doquiera que vaya.

Porque puede ser ligero, corto, breve, de los besos más sencillos que he compartido jamás. Un momento fugitivo de la realidad. Un regalo momentáneo de complicidad. Sin embargo es también un pedacito más del laberinto que sin duda alguna no, no se me olvida.