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Deseos exprés, rapidez del momento. Besos para sentir, para sumar…

El otro día pasé delante de aquel pub espantoso. Una mezcla entre glamuroso invernal de barrio con música comercial estruendosa y sobre todo mucho lívido en el aire siempre. Bueno tal vez ese último detalle sólo lo percibía yo. O tal vez me lo imaginaba. Ahora ya ni existe, están de obras en ese puerto y el edificio ha sido demolido para dar paso a nuevos locales más elegantes acordes con la evolución del lugar. Todo esto es anecdótico pero a mí me hizo volar la memoria mientras pasaba frente a aquel lugar donde pasé muchos sábados de mi adolescencia. La tónica era bailar, otros bebían mucho, bailar más y siempre buscar al más guapo, al más atractivo, reencontrarme con aquel que me gustaba tanto, etc. Siempre he encontrado genialidad y diversión en esto y así es como apareció él.

No lo sé ni lo entiendo pero así es. A mí me gusta. Sobre todo con quince años soy así. Hoy llevo los Lois azul marino que siempre me presta la diva de la clase (se los robaría si pudiera, a mí me quedan mucho mejor) y ese top azul que consiste tan sólo en un triángulo de tela, así que la espalda es toda suya. Nos conocemos de vista, es más amigo de mis amigos, pero a fin de cuentas mi espalda susceptible de cualquier efecto secundario está expuesta y rendida. La música sigue sonando y las distancias se van acortando entre nosotros. Me despisto, le pierdo, el lugar es oscuro y la música está muy alta. Tampoco me preocupa mucho, más bien es una cuestión de circunstancias del momento. Sigo bailando y entonces, como el universo había conspirado desde que aquella tarde decidí ponerme esa ropa, noto una mano acariciándome la espalda. Una mezcla entre vergüenza, incertidumbre, atracción, ansiedad y emprendimiento se conjuran en un momento y sólo hace falta eso, o más bien, sobra mucho de todo. Puedo notar sus dedos subiendo y jugando sobre mi piel. Escalofríos por doquier. Me giro y tengo sus labios encima sin siquiera darme ni cuenta.

Me gusta, claro que me gusta. El cortejo siempre es interesante. Pero cuando hay un cortejo de verdad. En estas circunstancias más bien tenemos deseos exprés, rapidez del momento. Besos para sentir, para sumar, para poder conocernos más a nosotros mismos que cualquier otra cosa en el universo. Lo necesitamos como un regalo para nosotros. Él y yo prácticamente ni hablamos. Caen unos cuantos besos más como intermitentes, sin saber de dónde vienen ni a dónde van básicamente porque ni él ni yo teníamos premeditado que sucediera nada parecido. El nosotros se acaba tan rápido como la caída de la noche.

De esa forma un domingo más amanezco en casa con una sonrisa de medio lado y del otro medio un poco desubicada. A mí me gusta otro chico más que él con toda la certeza pero no tengo suerte y me niego a dejar de sentir lo que va por dentro, que viene a resumirse en una palabra alta y clara “química”.

Muchos años después de aquello puedo confirmar que efectivamente sólo había química, pero una química reducida al espacio personal de cada uno. Son historias que no se llenan de la interacción con el otro que tienes delante besándote sino relatos de uno mismo. A veces me pregunto qué escribirían ellos si hicieran el mismo ejercicio y todos sabemos que desde el blanco hasta el negro la escala de tonos posibles sería infinita en cuanto al resultado de su redacción.