14

…él me contestó -No voy a desperdiciar este beso en “un beso”, tendremos que vernos una vez más-. Touché, me tenía en sus manos…

Quince años han pasado, tal vez un poco más desde el día en que se acabó ese primer amor verdadero y también el frenesí autodestructor que lo acompañó. Ese amor que te cala los huesos y con el que crees que podrías hasta morir, ese amor que acaba con erre que erre y que se siente como un tsunami colosal, ese amor capaz de darte la vida o quitártela…aunque sabemos que eso es científicamente imposible. Muchos años desde entonces, fueron cuatro años juntos, dos personas implicadas, un pozo colmado de lágrimas vertidas, noches de estrellas, noches de fantasmas, cientos de sacos que podrían llenarse de todos los besos que recibí y un perfume, su único perfume, personal e intransferible. El mismo perfume que desde hace 15 años no tenía tan presente como desde esta mañana cuando abrí los ojos y él estaba en mi almohada. Esta noche Él, con mayúsculas, ha dormido junto a mí. Pero esta vez ha sido en paz, amada por unas horas, envuelta por un cuerpo al compás, con la complicidad física de dos cuerpos que se conocen de antaño, perpleja y aturdida por la paradoja, pero sobre todo, sonriente ante la vida.

Ayer lo encontré en una plaza, era otra ciudad, pero casi de la misma forma que hace mucho tiempo nos encontramos también en otra plaza. Los primeros minutos son de reconocimiento pero enseguida estábamos abrazándonos y buscando esa complicidad muy nuestra. Ayer nos fuimos a charlar y tomar unos vinos, después de los vinos más vinos, y más charlas, y mejores momentos, entremezclados con algún reproche sobre el pasado por su parte, que me hicieron recordar e intuir por qué no estamos ya juntos. Años atrás fueron varios días de encuentros fortuitos en una plaza antes de que la pequeña gran mujer asumiera que no había otra cosa en su cabecita volcánica. Por aquel entonces, él apareció de nuevo y propuse un paseo de despedida para abrir una brecha que crearía un vínculo para siempre. Allí, aquella tarde helada de invierno, sobre un banco de piedra frío entre las murallas de la ciudad, hablábamos, nos mirábamos, era la última tarde juntos antes de volver a nuestras casas lejos y distantes y no pude resistirme, tenía que hacer algo. Antes de despedirme lo hice y en voz alta me brotó un -quiero pedirte un beso- (acompañado de un estallido de miles de millones de conexiones neuronales funcionando al unísono dentro de mí). Y la respuesta fue No, una negativa rotunda que no podría haber sido más acertada, porque fue un no seguido del mejor anzuelo para una señorita como yo, así él me contestó -No voy a desperdiciar este beso en “un beso”, tendremos que vernos una vez más-. Touché, me tenía en sus manos…

Así como anoche pasó un tiempo de incertidumbre entre la plaza y su casa, donde vas en el coche de copiloto mirando el paisaje pasar y sabiendo cómo va a continuar la historia; hace años también pasó un tiempo entre aquella tarde en la plaza y nuestro segundo encuentro. La verdad es que el paisaje pasó más lento, fueron unos meses, y la certeza era diferente, sabía que había algo, se estaba construyendo, pero yo era muy ingenua, él ponía de su parte, estaba reconociendo qué ocurría en su interior, yo ya lo tenía reconocido, me gustaba y mucho y le iba a perseguir hasta el finis terre si hacía falta. Una vez más lo hice sin miedo. Cruzar la ciudad o cruzar el mar, anoche o hace años, llegar a su casa por primera vez, cocinar algo y que te abracen por la espalda descubriendo o añorando verse envuelto y entonces estar entregada, son aspectos que a tiempo pasado se me tornan muy similares, tal vez con ciertos matices ahora que puedo y tengo una cierta perspectiva de la vida.

Viajar a través de nuestros cuerpos adolescentes en una noche de amantes madurados no puede ser menos que intenso. Aquellos cuatro años juntos tuve desde mares de lágrimas hasta viajes en la montaña rusa emocional más alta que por aquel entonces había existido. Me enseñó mucho, me conocí más aún, aprendí y llené mi biblioteca de experiencias, me caí muchas veces, demasiadas, la vida hay que disfrutarla mucho más, pero como siempre me quedo con lo bueno y lo aprendido. Me regaló la primera explosión en mi centro de mujer, dícese orgasmo o clímax perfecto. Recuerdo la cama en esa habitación larga al fondo del pasillo con el cabecero dorado brillante. Fue la primera vez que sentí también otro placer, el placer de una caricia en la parte interna de las muñecas o lo que significa sentir en el dedo meñique del pie izquierdo un mordisco en el lóbulo de la oreja derecha. Descubrí la transmutación de tomar un vino rojo de toro y necesitar un trago de agua fresca después, a poder describir con todo detalle el efecto sensual y delicioso de ese zumo fermentado desde que tomas la copa en tus manos hasta que la última gota recorre tu garganta ardiente de deseo. Viajé a todas partes con él y me disfracé de muchos roles. La niña se hizo menos niña, la mujer se dejó despuntar por aquel patio de vivencias, y así de ese modo, poco a poco, fuimos viajando tan adentro de nosotros que se empezó a apagar la noche y aparecer las sombras oscuras. Los miedos, las dudas, el caos, la constante desconfianza. Yo, niña, luchadora, enamorada, con miedo a perderle, mentiras piadosas, creyendo tenerlo claro pero sabiendo que no sabía nada. Esta mañana me dio un beso en la mejilla y se marchó sonriente, me dejó notitas llenas de amor y gracia por doquier. Antaño se marchó, dijo basta y me dejó un tatuaje que costó cicatrizar pero que lloré y lloré hasta entender y crecer. Luego desapareció por muchos años hasta ayer…

…Ayer y hoy no estamos juntos porque no tenemos que estarlo, nos queda una preciada complicidad compartida, él sigue reprochándome o más bien reprochándose algunos temas que no aprobó en la escuela de la vida. Yo sigo vuelo y me siento feliz de tener más que nunca en este día de sol algo que Ajo resume brevemente y yo repito en este asunto no tan micropoético, “Teníamos unos veinte años y nos volvimos locos el uno por el otro, hoy casi doblegando la edad, seguimos locos pero ya cada uno por su cuenta”. Por suerte!