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«Sentirte rodeado de una multitud pero sabiendo que no existe nada más en el universo que sus labios sobre los tuyos»

Una mañana más me siento frente a la puerta del instituto con el resto de compañeros, aguardando el comiendo de un día más del duro y pesado segundo de bachillerato, 7:55 am y él aún no ha aparecido, voy a tener que irme a clase sin verle y mira que eso, sólo eso me hace feliz. Cuando le veo doblar la esquina y aparecer es como que los 5 minutos extras que demoré en acicalarme estando medio dormida esta mañana valieron la pena. Y cuando estoy a punto de cruzar el umbral de la puerta ahí está, le veo de lejos, le veo poco, le saludo tímidamente aunque más tímidamente me saluda él. Ahora sí puedo irme a clase de matemáticas pase lo que pase.

Así llevo un curso entero, hoy le veo y le hablo un poquito, ayer ni me saludó, mañana me escabullirá seguro. Es un chico tan inaccesible. Es tímido, muy tímido, pero eso ahora no me importa, para mí es como un caramelito con muchos envoltorios. Sigo insistiendo porque sino no sería yo. Va pasando el curso. Vamos compartiendo más y más. Tanto que un día incluso compartimos hasta un helado en la Miretti. Ese lugar de toda la vida con helados más de toda la vida aún. Pistacho y stracciatela claro está. El atardecer nos acompaña mientras paseamos por el paseo marítimo y nuestra merienda se va derritiendo. Me pone muy nerviosa porque quiero hacer muchas cosas con él pero su timidez y nerviosismo se me contagian. Sigo dando vueltas al cubo de rubik dentro de mi cabeza, giro a un lado y otro y no hay forma de alinear ni tres piezas del mismo color, el paseo se me acaba y estamos llegando a su casa. Hemos llegado y soy un desastre, vamos di algo. Vale, repito fórmula, lo voy a hacer, esto ya lo hecho y no tuvo efecto o tal vez sí, pero me siento segura preguntando primero, por su parte recibo algo, por la mia hay mucho más que algo, así que copio y pego y le digo –me gustaría darte un beso- y como copiando y pegando también de alguna historia tiempo atrás me responde que no podría darme sólo un beso, que no es el momento. Él está colapsado cayendo en picado en una fosa abisal con los nervios por las nubes. Yo me voy tranquilizando, es como que su inseguridad me hace crecerme. Soy otra. Me despido. Le doy las gracias por la velada. He perdido. Pero he ganado.

Mujer grande.

Pasan los días, me hago mil preguntas sin tener respuestas pero siempre termino un poquito más arriba que cuando empecé el cuestionamiento.

Entonces terminamos selectividad, ese examen terrible que parece que nos tenía sorbidos los cerebros y a él la líbido porque nos vamos a una discoteca todos juntos a celebrarlo, yo soy más feliz que nunca, he terminado una etapa académica muy dura, desbordo luz y felicidad por cada uno de mis poros y como guinda me llama, de cita en la cúpula gigante. La música suena de fondo, hay muchas personas allí pero cada una en su mundo, él me habla de tonterías, estamos tensos, no me importa, yo di mis pasos, ahora me muero de ganas de él pero ya no puedo dar más de mí. Entonces se sucede una burbuja atemporal de silencio dentro de la cual solo estamos él y yo y nadie más. Sentirte rodeado de una multitud pero sabiendo que no existe nada más en el universo que sus labios sobre los tuyos y algo dentro de gritando sí, sí, sí!

Y así han ido pasando los días. Nos tomamos un helado, nos tomamos otro helado. Vemos un atardecer. Algún paseo por los acantilados. Quiero hacerle el amor. ¡Ups! Dije eso en voz alta verdad. Es que los helados, atardeceres y acantilados están muy bien, pero en ciertas dosis. Yo quiero un poco de picante en esta historia. No por antojo sino porque me lo pide el alma –que no el cuerpo–. Hay un problema y es que es cada vez que le abrazo se asusta porque se da cuenta de que también en él y dentro de él ocurren reacciones fisiológicas. Las suyas son tangibles claro está. Los jeans aprietan mucho más en la entrepierna de un hombre que de una mujer cuando la excitación hace efecto, lo triste es tener que clasificar una realidad de la naturaleza como un problema. La evolución quiso que estas cosas ocurrieran para que la vida animal pudiera tener cabida. El intercambio de genes es necesario. Él no es consciente, perdón ninguno somos conscientes de todo esto pero al menos yo no tengo miedo. Miedo! Dichoso miedo que me acompañará tantas veces en la vida. Esta vez aparece para presentarse en forma de cohibición sexual. Así es. Para mi no es importante el sexo pero sí es importante conectar fluir sentir tocarse, la piel. Yo lo necesito. Él no puede aunque sé que quiere.

Cuando la desidia empieza a entrar en juego en nuestros encuentros en la casa de la pradera, aparece alguien nuevo en juego. Alguien que desde el momento cero me devora con la mirada. Puedo ver como se tensan sus músculos cuando mantenemos conversaciones y me llama, como un coulant de chocolate esperando para que agarres con fuerza la cucharita de postre y lo devores desde dentro hacia fuera. Aquí no hay nada más que hacer.

Nota del autor: A los pocos meses me enteré que pasó de helados en paseos marítimos a mantener una relación con una ninfómana. Saca tus pocas conclusiones pero el Universo es caprichoso, no te parece.