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La pimienta está cambiando

Cuando le pienso él sigue estando bajo el agua para mí. No recuerdo nuestro primer beso, pero si recuerdo la primera vez buceamos juntos.

Este verano me han regalado un curso de buceo y él trabaja en la escuela, así que todo está asociado a conocer ese nuevo mundo mucho más afín y al mismo tiempo acercarme a él.

Es menor, tan sólo un año menos, parece una tontería pero cuando tienes 16 años es como un abismo. Yo me siento entre impotente y aburrida porque el chico con el que estoy no quiere sentir, o no sabe sentir, todavía. Entonces aparece él, así como para recordarme las risas, los juegos, la seducción, la vida misma, la adolescencia, las hormonas. Todo es diversión. Preparamos inmersiones, nos echamos al mar, conectamos a 30 metros de profundidad entre burbujas y gestos cómplices, volvemos a respirar aire en superficie y nos brillan los ojos. Aseguro que no es el exceso de nitrógeno en sangre, sino esos momentos que se dan entre dos personas que se entregan a vivirlo.

Sigo sin recordar el primer beso, pero tengo el azul de sus ojos grabado. Recuerdo risas muchas risas y sobre todo recuerdo la primera noche juntos, su primera vez. Le recuerdo tan entregado en aquella alcoba con paredes de barro y arena y luz de velas y piel bronceada, y calor mucho calor. Aunque tardamos más en leer esta frase que lo que pudo durar aquel encuentro sexual, sigue siendo un momento catalogado como tierno, especial, único e intransferible. Todos sabemos que sólo hay una primera oportunidad para causar una primera impresión y tanto en su memoria como en la mía, sabemos que al envejecer y sacar esas conversaciones entre noches de amigos y vinos, aquella velada estará entre líneas.

Seguimos buceando en el Mediterráneo, seguimos experimentando siempre llenos de risas y peces de colores. Él venía puntualmente cada noche a visitarme a mi trabajo, y siempre sin fallar ordenábamos un plato de pechugas de pollo al roquefort con arroz…hasta que un buen día dejó de venir. La segunda noche también faltó pero la tercera, allí sóla yo ordené lubina a la sal. Él había decidido experimentar por otro lado con todo el derecho que un chico de 15 años llenito hormonas estaba necesitando.

Entonces el cocinero envió mi cena con una nota acompañándola que decía “La pimienta está cambiando” y efectivamente, la pimienta había cambiado. Yo no era la misma, nunca podemos volver a ser el mismo. Tal vez no queremos verlo o no queremos incorporarlo pero la pimienta nunca vuelve a ser la misma cada vez que vuelve a amanecer.