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Ellos me gustan negros y blancos, más ácidos, otros con matices exóticos…

Ellos me vuelven loca. Sobre todo en verano, cuando más despiertan algo evocador. Me encanta ver como se derriten arrastrándose por nuestra piel. Al principio son fríos y luego en tus manos se van calentando, se hacen jugosos, cremosos y muy dulces. Ellos me gustan negros y blancos, más ácidos, otros con matices exóticos. Incluso sus aromas, algunos vienen con flores, algunos son como de agua, otros más frescos, sí son unos frescos y aun así me gustan, otros bien densos y pesados pero a veces también me apetecen. No sabría por dónde empezar aunque siempre tuve mi preferido stracciatela y pistacho. Sí sin duda los helados me encantan.

Esta vez él me gusta más que los helados. De alguna forma me invento excusas para visitarle cada tarde en su heladería y pedir el dichoso combinado de nata con trocitos de chocolate que se fundirán en mi paladar y refrescaré con la crema de pistachos. Yo soy muy inocente y golosa. Sino, cómo iría cada tarde a por mí merienda y le pondría esos ojitos de almendra. Él tiene 24 años (aunque luego supe que mentía y eran 27) y ya le veo un hombre hecho y derecho. Le gusto, me mira y me sigue con la mirada todas las tardes al llegar a mi trabajo y empezar la labor delante de su heladería. Me siento totalmente observada, pero esto también me gusta. Él es muy italiano, muy cortés, muy guapo, muy moreno. Un caballero que me seduce a base de insistir día tras día. Pero me seduce porque me convence de que no soy una niña, no tan niña al menos. Consigue que yo vea una posibilidad juntos. Hace que le vea como una aventura potencial. Sin miedo. No hay miedo, nunca lo hay frente a las aventuras.

Hasta que una noche me invita a tomar algo. Estoy convencida, segura y decidida. No hay vuelta atrás. Me gusta que me mire como un hombre de verdad. Es algo nuevo para mí. Me dice cosas bonitas y me gana. Se sienta a mi lado en el bar, muy pegadito, se inventa una excusa para susurrarme un secreto al oído y entonces tengo sus labios sobre los míos. No cabía duda, iba a pasar. Me siento exuberante pero hay algo dentro que me sugiere que no es mi lugar. Estoy ahí más por la aventura que por el hecho de haber tomado consciencia de hacia dónde iba. Está bien vale, soy joven y puedo permitirme estas cosas aún.

En la siguiente escena estamos en su casa, con gente entrando y saliendo. Me dice su verdadera edad avergonzándose enormemente. Creo que en el fondo él sabía con más claridad que yo que aquel no era mí lugar. Me sigue besando cada vez más. Se excita pero es muy respetuoso. Nunca llega a tocarme nada. Yo noto su agitación externa e interna. Nos reímos y conversamos, y así como una serpiente que se escapa entre las malezas voy saliendo de aquella casa triunfante por haber sabido terminar la aventura a tiempo.

Estoy en mi cama de noche, me tapo con la sabana, aparece una sonrisa desde dentro y me confieso que los helados al fin y al cabo no me vuelven tan loca, siempre fui más de salado.