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«me agarró la mano y me puso entre su espada y la pared literalmente»

Tal vez su forma de chulearme o de mirarme de arriba abajo mientras me servía mi malibú con piña desde el otro lado del sucedáneo de barra tropical, o bien su aquí estoy yo y nadie puede conmigo, hicieron que me fijara en él de una forma diferente. Aunque a veces las ansias de catar nos llevan por caminos errados. Pese a todo yo me dejé llevar.

Le visitaba cada noche al acabar de trabajar, así recibía mi porción de testosterona personal, de forma que yo me hacía muy mujer con cada una de las moléculas de sus hormonas. Pero no fue eso lo que desencadenó todo. La culpa fue de una noche a la que sucedió un amanecer agotador después de beber y charlar en esos tugurios que frecuentábamos todos, y ese amanecer en un embarcadero, con el mar transformado en espejo, reflejando un cielo anaranjado que nos recordaba que un sol de agosto cálido y radiante estaba a punto de asomarse por el horizonte. Fue exactamente eso el detonante de una llamada del mar. Así sin pensarlo dejé de ser mujer y pasé a ser una sirena. María, mi compinche de batallas, se incorporó conmigo y ambas nos despojamos de la ropa y nos fuimos deslizando en esa balsa de mercurio. Yo nunca vi ese cuadro porque era partícipe de él pero puedo imaginarlo, y cada vez que lo hago sucumbo a la sensualidad del momento. Ahora me asomo por la ventana de un otoño muchos años después pero veo la escena ahí fuera a la perfección. Al fondo, muy al fondo un sol naranja que se levanta marcando la línea horizontal que separa mar y cielo, un poco más cerca, casi tangibles, dos sirenas que se alejan nadando hacia la profundidad, entran y salen del agua como delfines jugando, y un observador solitario que contempla aquella estampa mientras fuma plácidamente la hierba más buena de su jardín desde los embarcaderos.

Yo me hubiera enamorado.

Él sólo tuvo clarísimo lo que quería. Me quería a mí. Esperó a que las dos sirenas volvieran a ser mujeres y sus piernas perdieran las escamas en la mar. Nos miramos y casi como sabiéndolo nos fuimos despidiendo de todos. Me quedaba a solas con él. Giramos la primera esquina y así sin mucho preámbulo, la antítesis del romanticismo adolescente, me agarró la mano y me puso entre su espada y la pared literalmente. Eran besos como con prisa. Yo no tenía queja alguna hasta el momento. Sabía con quién andaba y donde me movía. Reconocía esa especie de prisa por llegar, ejecutar y acabar, y a pesar de todo allí permanecí, impertérrita. La búsqueda incesante por encontrar un rincón donde subirme la falda empezó a ser un poco surrealista así que propuse ir dirección a mi casa y parar en el bosque que había antes.

Pero aún puede haber notas más tragicómicas en el trayecto. Resulta que entre el dichoso bosque y mi casa estaba el cementerio del pueblo. Así que pasamos de una escena donde el sol ilumina un amanecer sobre piel de sirenas a estar apoyada contra la tapia del cementerio y la falda casi de bufanda. Cuando él cayó en la cuenta hasta se asustó y todo. Recuerdo perfectamente aquel pequeño gran hombre entre atormentado y cachondo dejándose apoderar por el miedo de estar con una desconocida allí. Yo me reía, me reía a carcajadas.

A los pocos minutos llegué a casa, creo que eso fue uno de los mejores aspectos de la noche.