19

Que frío sentí en el alma. Mucho frío.

Ay, ay, ay…si es que a mí me gustaba su amigo, pero él supo encontrarme mucho antes. He aprendido con los años que algunos hombres no se buscan, sino que te buscan  y te encuentran y corre de tu cuenta dejarte seducir. Su amigo nunca me obsesionó como otros, pero me gustaba mucho y yo iba a la barra a verle y comprobar que día tras día seguía siendo invisible para él. Un día me aburrí de ir por las mañanas y empecé a aparecer por las noches. La luna y el cielo negro siempre ayudan a tramar los planes con más holgura en el alma. Así que allí aparecí y él no perdió ni un minuto en ficharme, así como suena. Su amigo, mi especie de amor platónico, pasó a la historia, como esas revistas de adolescentes que miraba con 14 años y que de buenas a primeras me parecieron una atrocidad para la humanidad. Quedó fulminado, en cambio, ese alguien desconocido pasó a primer plano. Más aún diría yo, personaje principal escribiendo el guion en primera persona. Así que las noches con ese sabor miel en la boca me gustaron más, mucho más. Aquella tasca, su barra de madera antigua, su siempre buena música sonando, mi desplante de mujer independiente cuando llegaba allí y me pedía un vino con mis tan sólo diez y seis añitos,  el agitar de los volantes de mis faldas cuando me contoneaba hacia el baño sabiendo que él me miraba (y me deseaba)…pero mejor aún, su sonrisa de niño bueno con regusto final de labio de medio lado al tiempo que me guiñaba, porque siempre me guiñaba, y su forma de buscarme, siempre dispuesto, siempre llevándome y volviendo y yendo de nuevo, y paseándome por todas partes…ay, ay, ay que me terminó gustando.

Una noche de idas y venidas, justo antes de empezar el camino a casa como aparentes niños buenos, dispuestos ya en su coche, giró la llave de encendido pero no lo suficiente como para que se diera ese chispazo en las bujías, sólo lo necesario como para que dentro de él pasara algo que marcara el final del aguante, entonces se giró y me agarro el cuello y lo dirigió derechito al suyo allí donde dos labios se chocan y dos lenguas se entremezclan. Me besó y me besó reiteradamente.

Lo siguió haciendo cada noche durante aquel final de verano, fueron muchos días, tal vez hasta semanas. Las noches eran copias de la anterior, donde había alcohol, el detonante de su estado eufórico. Cubatas uno, dos, tres, cuatro, yo perdía la cuenta. Siempre contestaba lo mismo –yo bebo del tuyo- y terminaba durmiendo en mi cama feliz. Me reía me divertía, me hacía la mayor, pero no quería dormir con él. Algunas noches visitábamos a su gran amigo el cual siempre tenía la mesa llena de pollos, los que están llenos de polvo blanco. Nosotros nunca nos llevábamos nada, sólo era su amigo de la infancia. Otras noches consistían en cerrar locales con chupito uno, dos, tres, cuatro…Por suerte en eso siempre tuve las cosas claras y cuando no me apeteció no lo hice.

Pasaba el verano y yo me iba a marchar en algún momento, y no había sexo nunca, no me lo pedía, no me apetecía. Hasta que la noche anterior a mi partida decidí quedarme en su casa. Una tormenta de rayos que llevaba dos noches dando vueltas en el cielo, nos acompaño aquella tercera también. Entre rayos y truenos y nervios y cohibición, y un poco de ternura, nos desnudamos. La tormenta pasó, él terminó, yo le abracé, para mi había sido como nada, sensaciones contenidas de vacío. Así como mi abrazo terminaba él se giraba en su cama contra la pared dándome la espalda y así de rápido como caía un rayo allí fuera empecé a escuchar sus ronquidos.

Que frío sentí en el alma. Mucho frío. Yo estaba en el colchón de invitados en el suelo, desnuda y sola y me había penetrado. Eso era todo lo que había pasado. Frío.