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Me enfrento a uno de esos casos de enamoramiento profundo crónico basado en la mera idealización de cosecha propia del individuo.

Me enfrento a uno de esos casos de enamoramiento profundo crónico basado en la mera idealización de cosecha propia del individuo. Suena complejo porque el amor lo es a veces, pero realmente se simplifica en un me encanta porque es guapo y juguetón y tiene a simple vista lo que a los diez y seis años espero encontrarme en un viaje puntual: mucho juego, aparente compenetración, historias de vida compartidas, etc, etc, etc…pamplinas, que diría hoy en día. Porque a medida que avanza la navidad austral me voy dando cuenta de que me gusta mucho muchísimo y soy capaz de construir alrededor de él un halo de colores, luces y corazones con notitas en todo tipo de papelitos y texturas, cuando en realidad es una de esas personas que a día de hoy podría clasificar como contenedores repletos de vacío, completamente obsesionado con la imagen y puros intereses materiales.

Pero hace calor, es muy latino, viene a buscarme a casa de mi abuela, ella nos espía a través de las cortinas y luego me cuenta historias en las que haberme pasado las horas buceando habrían valido mucho más la pena, antes que salir a pasear por la rambla con él. Mi Abuela, con mayúsculas, enamoradiza hasta la médula disfrutaba viéndome salir por la puerta del jardín con él, porque más sabe el diablo por viejo que por diablo; ella ya tenía la certeza de que era un juego pasajero.

Las tardes en la rambla son simplemente agradables. El vapor del océano, los mates compartidos, un toque de sur, notas de vaivén de cuerpos. Se está gestando algo y lo sabemos, aunque ambos nos resistimos porque la vergüenza, fiel compañera, está siempre sentada en nuestro mismo banco. El tiempo pasa y con él llega nochebuena, cena de familia, besos, abrazos, petardos y estallidos en la calle como siempre, comilonas y suena el timbre, es para mí! Salto a la puerta con mi minifalda jeans azul oscuro corta y ajustada, mi camiseta blanca y mi mejor sonrisa. Nos vamos, adiós, adiós a todos. Por fin! La calle para nosotros. Ahora casco, moto, plaza, sigue haciendo mucho calor y mucha humedad. Cumbia! Esta noche toca cumbia que se encarga de hacer pasar las horas eternas en aquella plaza con todos aquellos desconocidos pituquitos de camisas blancas o celestes y melenitas de medio lado celebrando la supuesta libertad de su espíritu o más bien diría yo, únicamente el verano que les espera por delante. La ciudad con todo su esplendor en la bahía brilla frente a nosotros. Para mí todo es secundario porque yo en realidad quiero estar con él y dejarme estar con él. A unos pasos de la madruga me propone sugerentemente al oído en medio de aquella multitud que desaparezcamos juntos, que ya va siendo hora. De nuevo repetimos ritual, casco, moto, calor, humedad, ahora podemos añadir un puñado de nervios y una pizca de aventura. Nos vamos acercando a nuestro barrio y me pregunta si me lleva a casa o nos vamos directo a la suya, que es tarde y no querré despertar a mis abuelos. Obviamente en pocos minutos estoy descalzándome en su jardín y sintiendo el agua fresca correr entre mis dedos mientras pisoteo el pasto. Estoy muerta pero entonces empieza a actuar ese sistema nervioso que nos lleva a los lugares más recónditos en las situaciones premeditadas y rescato energía de un lugar llamado ansiedad, pero ansiedad de la buena, de esa que llega a través de besos y caricias por una puerta diferente. Nos ponemos a hablar de cualquier banalidad mientras parece que nos estamos escuchando, cuando en realidad no sé él, pero yo me encargo de analizar de nuevo su tez bien oscura, su pelo negro y con melena de medio lado, esos hoyuelos que muy conscientemente contrae para que marquen dibujos de atracción en su cara mientras que su sonrisa actúa a modo de hipnosis y te va marcando un espacio cada vez más corto hasta que ya ni existe y son ahora los besos los que se encargan de definir la situación.

Fácil, sencillo, por inercia, estamos solos en casa, y en breve muy juntos entre sus sábanas. Damos vueltas, enroscamos cuerpos, queremos y tenemos muchas ganas el uno del otro. Pero pasa algo, no lo entiendo del todo pero la teoría me la sé de sobra, siempre fui muy curiosa y aplicada y bien por nervios, exceso de alcohol o cansancio los libros siempre decían que no hay forma de levantar aquel miembro de su lugar. El sistema parasimpático no permite que ejerza su función habitual. ¡Qué no cunda el pánico! eso también lo dice la teoría. Yo tengo que ser muy comprensiva, lo soy, pero parece que ha llegado el holocausto del Universo porque él está aterrorizado. Me echa un discurso larguísimo para explicarme esa teoría que ya tengo más que asimilada y me estoy quedando dormida y…me dormí. O me haces el amor o me abrazas y me duermo. Esta última parte viene a mi mente en un estado de sueño. Mañana será otro día.

Día que llega y amanece. Yo estoy más emocionada por despertar a su lado que por cualquier evento sexualmente desconcertante. Los placeres del cuerpo siguen siendo algo tan abstracto y desconocido que todo  merece indagar y ser aprendido. A los pocos días estamos de nuevo en su casa, cenando unos sándwiches de miga con coca cola. No tenemos excusa, ya no es la primera impresión, no hay alcohol de por medio, no hay agotamiento físico, pero entonces aparecen sus fantasmas y se repite la historia. Ahora sí, podemos decir que él es oficialmente impotente, o al menos así se autodiagnostica, con esa palabra de cuatro dolorosas sílabas pronunciadas en voz apagada, seca y destruida. Impotente, sí, ese terrible concepto que cualquier hombre medio desearía no encontrar en un radio de 10 kilómetros respecto a su eje. Especialmente aquellos hombres que consideran que la grandeza de su existencia es directamente proporcional al tamañoy fisiología de su apéndice reproductor.Yo no hago más que regalarle apoyo y risas, intentos de reducir su estrés. Pero ni uno ni dos ni tres…cada noche se sucede el peso oscuro y agonizante de la señorita impotencia. La historia trascendía a médicos incluso. En aquel momento sí que tuve estrés. Yo sabía que no era nada pero él no. Y si yo estaba equivocada.Espero que aquellos expertos supieran asesorarle correctamente Lo mío era un amor corto y divertido. Yo no tenía problemas, él se abrumaba en ellos. Yo tenía que demostrar que no pasaba nada, así que seguí dibujando corazones en papeles de colores y muy enamorada.

Las navidades acabaron, crucé un océano de vuelta en sentido inverso a alas agujas del reloj y aquello se fue diluyendo en cartas de colores, felicitaciones de cumpleaños, algún encuentro tras muchos años con su pertinente recaída sin importancia y sobre todo sin tiempo para comprobar si lo impronunciable se había solucionado, dentro de su cabecita claro está, porque fuera de ella yo ya lo sabía. Él no era impotente, sólo sufría los efectos desencadenantes del estrés. Chica, cuerpo, sexo en un mismo saco activaba ciertas respuestas inconscientes, a veces no deseadas.

No es el primero ni el último. Algunos lo asumen, lo superan, se ríen hasta de su sombra y entonces es cuando toda la sangre de su cuerpo es capaz de dirigirse a un único punto al mismo tiempo; otros en cambio huyen lejos muy lejos, no repiten nunca más, quedan fulminados por las apariencias. ¿Y nosotras? ¿Qué ocurre con esa disfunción sexual que no se visualiza pero se carga en silencio?

Por ahora soy joven y sigo en la escuela estudiando.