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La primera vez que conscientemente tengo tiempo y conciencia para identificar esa sensación.

Libre y grande, muy grande y muy libre. Se acabó todo, incluida la selectividad. Me voy de aquí, adiós compañeros, me espera una carrera universitaria llena de mucho de todo y muy nuevo. Lejos. ¿Puede alguien decirme cómo embotellar esta sensación de grandiosidad y superación personal? La voy necesitar mucho en mi vida y sé que es una droga de la que no puedo prescindir.

Con un combo de estas sustancias psicotrópicas de síntesis emocional propia correteando por mi sangre es como me voy a la playa con un grupo de compañeros a pasar el día. Playa, sol, mar…¡son siempre sinónimo de algo bueno! Yo aún no sabía qué tan bueno iba a resultar. Él lleva todo el curso llevándome en coche al instituto, han sido muchas mañanas compartidas, muchas tardes también, en un espacio pequeño respirando ese mismo aire de cansancio y de agotamiento, deseando abrir las alas y despegar. No sé si me explico, pero es que este sistema está montado de tal forma que cuando más deberías poder ahondar en tu ser porque tu cuerpo estalla de sensaciones varias veces al día, coincide en que también es cuando más horas debes dedicarle a tu escritorio, compartir charlas con tu flexo y hacerte amiga si o sí de los libros y apuntes. Cuando juntas todas esas contradicciones emocionales y deberes sociales, es entonces cuando se crean una especie de bombas a contrarreloj dentro de ti, tic tac, tic tac te recuerdan constantemente. Llegó la primavera y la superamos juntos, pasamos los exámenes finales y seguíamos carretera arriba carretera abajo, con la cabeza bien alta y ese tic tac, tic tac acechando cada nuevo amanecer, susurrándote al oído –libertad-.

Hoy no he podido más, me he deshecho en mil pedazos. Agarré ese reloj tic tac y lo estrellé contra la pared. ¡Qué gusto!. Todo eso ocurrió mientras todos se daban un baño pero nosotros habíamos decidido quedarnos en las toallas sobre la arena y bajo un sol abrasador de junio.

Hoy he sentido el deseo. La primera vez que conscientemente tengo tiempo y conciencia para identificar esa sensación. Antes había existido pero también iba acompañado de una niña ansiosa que no se había permitido, por ejemplo, quedarse quieta y dejar que actuaran por ella. Esta vez ocurrió y así quietita, sumisa, paralizada como la presa de una araña envuelta en su tela, me quedé en mi espacio personal a unos cuantos palmos del suyo, mientras nos mirábamos fijamente y desplegábamos una conversación de silencios a gritos. Yo cerré los ojos y me dejé hacer. Él, con una pequeña piedrita, el único canto rodado del tamaño de una almendra que el universo se había encargado previamente de colocar en aquella playa kilométrica de arena, empezó a acariciarme. Lentamente aquella piedra iba dibujando círculos sinuosos en mi piel. La palma de mi mano, cada dedo, el valle que hay entre cada dedo, la muñeca cubierta de piel erógena y vuelta a empezar por cada dedo cuando en realidad yo deseaba que subiera por mi brazo y me apretara fuerte entre sus manos. No me estaba tocando, no había piel. Solo un leve contacto entre él, una piedra y yo. Había movimientos más rápido o más lentos que se detenían en los recovecos de mi mano, había más o menos presión, ascensos y descensos por mi piel, pero lo que más había eran raudales de deseo puro y duro.

En aquella playa ya no había nada más. Mi corazón latiendo a mil, mi respiración de compañera y a la par. La piedra. Mis ojos cerrados y degustando un nuevo sabor delicioso y estresante. Deseo. Quieres más y lo quieres ya pero no quieres que eso termine. Curiosa sensación en la cuerda floja.

Aunque me parecen segundos eternos no tardó en empezar a subir por el brazo. Primero, un bendito antebrazo recubierto de miles de receptores sensoriales capaces de hacerte enloquecer si estás dispuesta a ello. Después del antebrazo llega un pliegue aún más revoltoso. Desde allí al cerebro hay caminos más cortos, estoy segura, que activan interruptores peligrosos. Así hasta el hombro. Claro, para llegar al hombro también tuvo que acercarse, acortando espacios personales. Ya todo me daba igual. Quería más y lo que quería ya. El reloj tic tac estaba a muchos metros bajo tierra y por fin habíamos dejado nuestras mentes salir de aquellos muros de ética y moral.

Abrí los ojos, le tenía tan cerca aun jugando con aquella piedra y mi piel que nuestras respiraciones se acompasaron. Caprichoso sabio y controlador había conseguido llevarme a un lugar desconocido en el que estaba gozando sin tan siquiera contacto. Descendió unos centímetros su cuello y me incorporé ligeramente para buscar en el aire esos labios carnosos turgentes sabor húmedo, suaves como la seda. Todo era una bomba rompiendo esquemas y agotando su tiempo. Había llegado la piel. Sí.

Salieron del agua y de repente éramos muchos en nuestra escena. ¿Desdichados? En absoluto. El dueño y sabio caballero del deseo jugaba bien sus cartas. Añadió jugadores a la partida para estirar aquella vela que parecía haberse consumido intensamente en los últimos minutos. Todo aquello no había hecho más que empezar y aún no era ni medio día. Pasaron las horas, muchas horas, allí seguíamos. Pero si hay algo que siempre ocurre es que el sol sale por el este y también se pone, sí, efectivamente se pone, llega la noche y seguir en la playa ya no tenía sentido. Como muchos de los días durante ese curso tuvo que llevarme hasta casa en coche. Aunque aquel camino fue diferente. No paramos en casa. No fuimos directo. Ninguno queríamos que así fuera. Llevábamos horas queriendo estar solos y alimentando esa ansiedad. Pasamos de largo por la puerta de mi casa. Hicimos más kilómetros de lo establecido, pero a la porra lo establecido, para algo me sentía libre y grande.

De una playa del sur fuimos a dar a una playa del norte, esta vez a la romántica luz de la luna y con una brisa marina inundando nuestros pulmones. Aquello lo habría hecho más veces, estaba segura, pero esa noche fue solo para mí. Bajamos hasta la arena, extendimos una tela inmensa y nos acurrucamos en un diminuto espacio de ella. Deseaba tanto que no parara de besarme, de tocarme por todas partes. Deseaba que se metiera dentro y permaneciera allí toda la noche en un instante. Amarrada a él entre piernas y brazos. Los cuerpos no tardaron en hacerse uno. El tic tac por fin había parado de sonar en mi mente. Libertad corporal, nutrición del deseo. Encantada de conocerle caballero. Le suplico venga más a menudo de visita.