23

Al separarse nuestros labios después de algunos, creo, minutos, me doy cuenta que si perdí algo aquel amanecer fue de la conciencia del tiempo.

Ai mamasita lo que puede llegar a ocurrir cuando juntas algún chupito de más y sobre todo mucha carcajada. Amigos, amigos de siempre, de la secundaria. Sabroso y latino y encantador y especialmente muy amigo. ¿Él y yo? Jamás, eso hubiera contestado. Si es él, y mira que le veo atractivo y somos siempre muy cómplices en las clases de física y de química. Pero precisamente por eso, él no estaba nada planeado.

Tuvo que acabar el bachillerato, tuvo que llegar el verano, tuvimos que despedirnos, él y yo y todos los demás. Se acababa una etapa y empezaba otra. Vivimos aquel verano maravilloso donde todo era de color de rosa, más bien diría azul como el mar que se encargó de bañarnos una y otra vez. Tuvo que ocurrir todo aquello para que una mañana como la de hoy me despertara con unas ganas extremas de bailar. En general me paso los días a más de 35 grados entre trabajo y playa, y sobre todo creciendo que no es poco. Hoy quiero bailarrr y contonearme por si no lo he dejado lo suficientemente claro. Llamo a mi compañera de batallas, me ha dicho que sí. El plan ya lo tenemos, nos vamos a la gran discoteca. No es mi lugar de encuentro preferido pero mi cuerpo me pide movimiento; echo de menos sudar al ritmo de la música. Estoy en otra isla pero me tomo el barco porque la ocasión lo merece y como siempre, llevamos a cabo el ritual que define a las tardes previas a una noche como esta. Qué me pongo que no esté repitiendo, qué me prestas de ropa que me combine, cómo disimulo mis imperfecciones, ella siempre será más guapa pienso, pero la quiero tanto que es una envidia muy sana. Finalmente rojo, algo de ese color me hace sentirme muy yo. Todavía es pronto y hay que entrar en sintonía así que la palabra clave es chupito. Uno aquí y otro allá. Nos hemos ido encontrando antiguos compañeros, la euforia sube, parece que nos hemos contagiado con una especie de virus vacacional cuyos síntomas son risas, abrazos, contacto físico y levedad del ser.

En la alta madrugada aparecemos en la famosa discoteca de renombre que en pleno agosto es un hervidero de turistas mucho más nórdicos que nosotros, miradas desviadas por drogas fuertes y música aún mucho más fuerte que las sustancias que corren por sus venas. Yo me valgo conmigo misma, me refiero a que tengo tanto subidón con el mero hecho de sobrellevar mi existencia que ya tengo suficiente trabajo. Nos hemos perdido, habíamos ido a por agua a la barra y al volver los pocos que quedaban se han ido, entre ellos mi amiga que seguro se fue con el chico que le gustaba, la tiene loca, así que está perdonadísima. Sé que estará a una hora en un lugar concreto en cuanto cierren las puertas de este local, mientras, yo sigo disfrutando del baile. Sobre todo continúo dejándome llevar por nuestras risas. Hay tanta complicidad que no hace falta ni buscarla. Ambos sabemos que estamos ahí. Movimiento y ciertas miradas de vez en cuando, así van pasando las horas y el tiempo haciéndonos felices.

Llega el amanecer a hacernos compañía. Toca asumir que todos los músculos que trabajaron sin cesar durante horas sujetando nuestros cuerpos ahora piden a gritos un descanso. Decidimos salir de allí a esperar a mi amiga. La discoteca está cerrando y sé que ella llegará. Ese fue nuestro código durante años mientras no existían los teléfonos móviles. El tiempo sigue pasando y ella que no llega y a mí que no me importa en absoluto. Estoy tan bien acompañada, me siento tan en un paraíso a pesar de estar sentada en el borde de una jardinera que hace esquina entre dos calles, que no me percato que él y yo estamos mirando al frente hombro con hombro allí sentaditos viendo pasar los coches. Nuestros cuerpos aún emanan calor, más aún al entrar en contacto esas pieles morenas, vitales y turgentes.

Así sin más, con esa naturalidad intrínseca que se respira entre dos personas que hablan el mismo idioma en silencio, nos encontramos girando sobre nuestro propio eje para terminar mirándonos el uno al otro. Una especie de ligereza gustosa nos invade y como si de algo magnético e imperceptible se tratara, nos acercamos a cámara lenta. Ya no me importa el tráfico que no cesa ni un segundo a escasos metros de nosotros, tampoco me preocupa quién esté más cerca o más lejos, ni mucho menos pienso dónde diablos se habrá metido mi amiga que debía llegar hace…Al separarse nuestros labios después de algunos, creo, minutos, me doy cuenta que si perdí algo aquel amanecer fue de la conciencia del tiempo.

De alguna forma, que durante años he descrito con una sonrisa al recordarlo, fui capaz de perderme en el tiempo entre sus labios y su piel. No habrán sido más de 500 segundos de besos pero me bastaron para que nunca haya dejado de ser el feliz final de una noche en la que todavía nos hicimos más cómplices.