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No es tan divertido cuando todo debe ser jauja.

Yo quiero otras cosas, quiero besos de verdad, miradas auténticas, si seguimos así no habrá más que gruñidos tontos, sí sí, gruñidos onomatopéyicos entre risas nerviosas. Ni yo misma lo entiendo. No sabría siquiera cómo empezar a explicarlo.

No es que tener diez y siete años me haga muy adulta la verdad, pero hay algo con él, una especie de atracción fatal que me mantiene extremadamente despierta y consciente, cuando no debería. Le veo, me gusta, me busca, nos encontramos, quiero besarle a toda costa. Hay un inconveniente que se manifiesta. Es como si pudiera observar el principio y el final de la historia desde una posición ajena y comiendo palomitas. No es tan divertido cuando todo debe ser jauja.

Nos conocemos hace muchísimos años, aunque no hay amistad, sólo el tira y afloja que hace trío con nosotros. Hago como que me río mucho y le sigo la corriente pero dentro empiezo a desarrollar una especie de rabia debido a la pasividad que años más tarde será como una voz acompañante y creciente, pero para eso aún faltan varios fascículos de la historia. Seguir la corriente tiene su gracia, me pasea literalmente en coche, yo me dejo, charlamos en su portal, nos quedamos a oscuras en otros callejones, y nada. Así llevamos año tras año. ¡Che que esto no avanza! Diría él en su marcado acento valenciano mientras camina apoyándose sólo en la punta de los pies, subiendo y bajando con todo el cuerpo y dando zancadas grandes. Movimiento muy descriptivo que no hay que menospreciar. Claro, eso lo diría si se parara un instante, tan sólo un instante, pero no, él arrolla la vida. Me lo permito porque es la diversión del momento aunque no caeré en esta red. Yo siento de otra manera, mis pies se apoyan con toda la planta paulatinamente al caminar, aunque sea un pasito corto y pequeño, pero con toda la planta de un pie y luego del otro y así progresivamente. Camino sin ser consciente, es un ejercicio propio de las neuronas motoras independientes. No soy tan adulta, ni tan consciente, y menos experta en la gestión de mis emociones, sólo sé que debido al cúmulo del roce en encuentros repetidos, al calor del verano y poco más, una noche de esas de agosto llegamos una calle oscura. Siento desidia por la repetición de los actos día tras día y noche tras noche. Soy una mujer de acción me han dicho hace poco, y razón llevan. En esa calle en penumbra y con una conversación atropellada de nervios y atracción me amenaza con un medio beso. Yo, mujer de acción le amenazo con un beso entero. La penumbra deja de existir, se hizo la luz me digo. ¡Me besó! Pienso de una forma despierta mientras siento su lengua llegar hasta mi epiglotis. Cierro los ojos porque es lo que toca, los besos se dan soñando creía yo, pero no puedo evadirme ni un poquito. Llevo tanto tiempo queriendo ese beso simplemente porque es la causa del efecto de ser amigos, adolescentes y hormonados que esa penumbra se ha hecho oscuridad velozmente. Más bien diría que la oscuridad no duró ni un instante. Volvimos rápido a la luz, a la luz de nuestras mentes, a la luz de la calle, y al vernos sólo de día y al dejar de vernos, al encontrarnos por casualidad en lugar de buscarnos. El todo pasó a ser nada con una facilidad demasiado leve para mi gusto. Soy de acción y también de profundidad extrema. Demasiado para mi gusto, aunque por el momento me puedo permitir estas licencias.

Con los años y varios capítulos haré mis propios experimentos conmigo misma. Él seguirá siempre igual, caminando sólo con la punta de los pies, feliz y enamorado de su mujer y de sus dos niños, -¡che! tendría cuatro- me dijo la última vez que nos cruzamos en una calle, sin un gesto, sin una mueca, sin tan sólo un gruñido de complicidad, esta vez sí a plena luz del día y rodeados de gente. Creo que busco donde no hay.