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Yo simplemente aprendí que a veces, sólo a veces puedes jugar a ser una diosa y hacerte dueña del azar por encima de todo.

Estoy escribiendo con un poco de música folk resonando allá lejos, son las tres de la mañana y ojalá hubiera bebido un poco de vino para darle algo de sentido a mis emociones pero no puedo ni justificarme con esta idea. O tal vez, sí he bebido un poquito.

Cuando llega el sábado y me pongo todo lo guapísima que puedo, me doy ese brillito en los labios y antes de salir froto una gotita sutil de ese perfume exótico en aceite sobre las muñecas lo único que quiero, además de, claro está desarrollar un plan para conquistar el mundo con mis amigas, deseo por encima de todo sentir que encontré una presa. Nada del amor de mi vida, a ese siempre lo voy buscando, pero en condiciones como esta únicamente quiero sentir que mi feminidad brota a borbotones, que el negro del vestido hace juego con mi pelo y mis ojos y por eso puedo cautivar como me dé la gana, que soy joven y estoy muy viva básicamente. Quiero irme a dormir teniendo un chico en el que pensar. Algo así como anhelar vivir una historia de amor de corta pero intensa duración para agitar las emociones.

Sí, está claro, consiste en el uso personal y egoísta de otro objeto, en este caso, de carne y hueso, para llevar a cabo la conquista, en este caso, no del universo sino únicamente de una misma. Lo escribo y me siento extraña. Me pregunto si realmente él no me importa tanto como quiero hacer aparentar, pero la verdad es que no. Voy a explicarme un poco mejor y fundamentar mi tiranía.

Un sujeto, dícese X, aparece en la mesa de al lado del pub disfrutando de la misma happy hour que tu ymetiéndose entre pecho y espalda chupitos de ese sucedáneo de tequila repugnante. Dicho sujeto es extremadamente moreno, brillante, seductor, llamativo, latino, joven, alto, fornido, bronceado…en realidad sé que no cumple ni la mitad de estas expectativas físicas pero yo lo quiero percibir así mientras nos miramos entre brindis y risa tonta. Él me encanta obviamente. Empiezo a fantasear con todo lo que podríamos hacer esa noche juntos. Por fantasear pienso en playa, embarcaderos, callejón, oscuridad, besos profundos y lentos, una despedida de hasta nunca al amanecer y poco más. Confieso que no soy muy experta en fantasear. Pero sí le tengo ganas, unas ganas tremendas desde que me estaba poniendo el perfume en la muñeca antes de salir de casa y aún no sabía ni que él existía.

Mi cuerpo ya cantaba victoria, nos despedíamos de ellos en el pub y quedábamos en el otro único lugar al que se podía ir a bailar en ese pueblo para bajar la hora feliz líquida que teníamos en sangre. Miradas de seguridad, dos besos, roce de manos. La depredadora camina feliz sabiendo que la presa ha caído en la trampa fácilmente.

Demasiado rápido pequeña. Todas mis células gritan felíces al unísono cuando mi amiga, ella, mi hermana, me dice –joooo, a mi también me ha gustado, no es justo, tú te los llevas todos siempre-. No lo puedo creer, ella, esa grandiosa pelirroja despampanante que tengo por amiga me dice a mí que me los llevo todos de calle. Tal vez me los llevaría a todos si hubiera algo que llevarse pero nunca hay presas tan morenas, tan brillantes, tan…como nuestro sujeto, porque ahora era nuestro. Mi fiesta conmigo misma se había acabo en un instante. No había tequila que me reanimara. En la justicia divina exactamente estoy pensando yo. Da igual quién le vio primero, o a quién le gusta más, es simplemente un sujeto de sábado noche que me iba a hacer feliz a mí. Sí a mí. Resoplo hacia dentro, me retuerzo de rabia, alargo los dedos y extiendo la palma de la mano como intentando controlarme. Si aplico todos mis principios morales y la perorata que acabo de repetirme sobre la presa que había caído en mis redes y la tontería esa del sujeto de sábado noche voy a ser incapaz de pelearme con una amiga que no hay forma de hacer reaccionar a mi favor. Entonces se me viene a la mente la mejor idea de la noche. Qué digo, súbitamente aparece en mi cabeza la mejor demostración empírica de que el azar no existe y todo absolutamente todo pasa por algo. Esa certeza tan sabia no llegó como tal, harían falta más sujetos y menos tequilas para que años después pueda ser consciente de su verdad. El caso es que le propongo echárnoslo a suertes, porque aunque ella sea como mi hermana, él sea un puro capricho, la noche se vaya acabando y de esto mañana ni me acuerde, yo sé dos cosas muy importantes. Él me miraba a mí, por qué diablos regalarle mi presa si ya se ha entregado, y segunda y más importante en todo este cuento, cuando nos jugamos algo ella y yo siempre siempre siempre ocurre lo mismo, yo sé que voy a ganar y ella sabe que va a perder.

Acepta a regañadientes porque sabiendo qué ocurrirá y efectivamente, tras un piedra, papel, tijeras, el papel de mi mano envuelve triunfante su puño decorado de pucheritos tontos. Tal y como estoy celebrando la noche por segunda vez y soñando con ese amanecer acompañada, empezamos otra vez con la discordia. Esta vez se pone más pesada, lo quiere para ella y punto. Así que soy rotunda, todo tuyo. No pienso gastar ni un poquito de energía en esto porque empiezo a sentirme ridícula. Hasta el momento me había divertido, ya había tenido mi recompensa, tal vez no en cuestión de amor pero me sentía fuerte.

Fuerte y un poco rabiosa para qué mentirme. Nos vamos a bailar, él es suyo, así como suena. Bailamos todos con todos, la música pop suena alta, yo tengo que hacerme la dura y él no entiende nada, además de que habla otro idioma, hacía escasos treinta minutos nos estábamos deshaciendo en miradas y ahora tengo que actuar de forma seca, dura y fría aunque sea pleno verano. Qué poco me gusta esto pero él le ha tocado a ella. Suena horrible pero no pienso entrar en ese juego. Que conquisten el mundo ellos dos si pueden, qué se conquisten a ellos mismos si son capaces.

Se hacen las dos de la mañana. Tenemos que irnos o su padre nos matará. Despedidas livianas después de que ellos se habían ido unos minutos a magrearse malamente en el fondo del local, y digo malamente porque todo lo que estuviera relacionado con ellos no podía ser ni lindo ni de colores.

Adios, ciao bello, buona notte, que te vaya bonito…y mientras caminábamos las tres hacia la puerta de salida dirección la parada de taxis más cercana, no me doy cuenta pero muy conscientemente me estoy quitando los dos anillos que llevo siempre, el anillo de plata del dedo corazón de la mano derecha y ese de hojalata que me regaló mi primero novio que nunca sale del pulgar izquierdo y que tiene grabado con una piedra a rayones nuestras iniciales. Tan pronto me los he quitado me los meto debajo de la lengua porque no hay lugar para bolsillos en mi ceñido vestido escaso de tela. Una vez fuera, lejos de la estridente música pongo cara de asombro y digo –mis anillos, me los he dejado en el lavabo ahora mismo- así que tengo excusa para escurrirme rápidamente hacia el interior como una sabandija con los anillos ahora sí bien colocados. Todo ocurre tan rápido que no me da tiempo ni a analizar qué estoy haciendo, sólo sé que camino con paso firme, contoneándome, directa y muy segura hacia él. Me planto delante, ahora sí que el pobre no entiende nada, pero me encargo de que al menos le quede claro que aquella noche la suerte estaba echada desde el momento en que esa gota de ese perfume tocaba mi muñeca. Ella jamás supo la verdad, besaba mal me dijo de vuelta a casa. Él nunca entendió que por una noche fue una simple presa y yo…yo simplemente aprendí que a veces, sólo a veces puedes jugar a ser una diosa y hacerte dueña del azar por encima de todo.