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«tal vez sea el hombre de mi vida se pasea el pensamiento por un nanosegundo en mi cabeza»

Ruso, chino o mandarín. En qué idioma tengo que hablarme para dejar de tener esa sensación de leche agria en la garganta como cuando se te repite una paella por empacho el domingo por la tarde. La conversación conmigo misma redunda ya en un punto en que empiezo a darme cuenta de que el problema es que no tengo conversación alguna conmigo misma.

Sólo han pasado dos semanas de haber salido ilesa de las garras del mal, es decir, su amigo o más bien, esa máquina de seducir y fabricar números en su colección de conquistas, y yo ya vuelvo a las andadas. Más bien, diría que esta vez es una cuestión de desidia mental. Creo que todo es tan banal, tan superficial, tan leve que no llega ni a ser. Podría ahorrarme tales circunstancias, puede ser, pero entonces el momento en el que escribo estas líneas yo sería otra. Así que la historia no se escribe con el podría haber sido, sino con un fue tajante.

En esa mermelada pegajosa en que nadamos un sábado de noche, estamos los dos en ese mismo sofá repugnante que me tuvo su amigo unas cuantas noches atrás. Ni me gusta, ni me atrae, tiene barriga, su piel es de un pálido nórdico enfermizo, su carcajada es detestable…pero yo soy joven y picarona y sedienta y me estoy descubriendo y lo que sí sabe hacer bien es jugar sus cartas y sacarse ases bajo la manga. Esta vez, esta noche estoy más tranquila. Tengo supremacía porque su personalidad es más débil que la mía a pesar de la edad. Yo le puedo y por eso no siento ese miedo mezclado con atracción. Sé que si no quiero no quiero y el pulso que me plantean a la par la Seducción por un lado y la Experimentación por otro será más fácil de ganar. Cuántas veces me daré cuanta en la vida que ese pulso lo ganarían ellas…ay pequeña.

Sus ojitos pequeños, ilesos y juguetones me hacen chiribitas, ha llegado el momento en que deja de pensar con la cabeza y empieza a actuar con su único instinto varonil y extremadamente sexualizado. Me doy cuenta exactamente cuándo ocurre eso. Yo he dejado de ser su amiga para ser el posible objeto que tener en su cama con solo atravesar el largo pasillo y entrar en su habitación. Cuando soy consciente de todo esto ya lo tengo encima besándome y lo peor de todo, es con mi consentimiento.

So-co-rro conciencia, por qué nos hacemos esto otra vez. Ni experimentos, ni ostias. Ya lo dije, yo tengo las de ganar. Podría intentar quedarme, intentar descubrir si me excita, tal vez sea el hombre de mi vida se pasea el pensamiento por un nanosegundo en mi cabeza, lo desecho tal como llega, nunca se sabe, pero esta vez ya lo sé todo.

Perdona es que mañana tengo no sé qué. Cualquier excusa es buena y la peor al mismo tiempo. Tú y yo esto y lo otro, besos otra vez en el cuello para intentar retenerme. Me siento apoyada en el mismo quicio de la misma puerta con el mismo tipo de susurro baboso manipulador. Es un déjà vu desquiciante. Aunque el pulso es mío.

Cuando piso ese portal que me reconoce y me veo victoriosa reflejada en el mismo espejo del mismo rellano diciéndome corre a casa ya y vete a dormir que ese no sé qué que tienes que hacer mañana en realidad es lo más importante que deberías haber hecho antes de llegar aquí. Encontrarte contigo misma, aunque al pisar la calle casi se me ha olvidado del sueño que tengo. Otra vez será.