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Fingir. Qué delicia todo contigo. Fingir.

Vaya desfase otoñal. Parece que cumplir la mayoría de edad acarrea subir en la montaña rusa del notengoniideadequévaesterolloperomemola. A qué juegas pequeña me habla una voz detrás del hombro derecho, yo ni la oigo, pero sé que le contesta otra desde algún lugar lejano allá por donde queda el hombro izquierdo –hago lo que se me canta-. Y así cantando tengo 18 años hace dos días y recibo visita en la ciudad. Viene desde Valencia y la verdad que se nos ha ido esto un poco de las manos, rectifico, asumo toda la responsabilidad que para algo soy la protagonista de mi historia.

Con toque de telenovela mexicana, el amor de mi vida durante dos años me había dejado por teléfono y en verano por otra. Yo llora que te llora desde entonces porque, claro está, era sin duda alguna el amor de mi vida y jamás iba a encontrar a alguien como él. Curiosamente desde entonces mucha agua había llovido*. Como iba diciendo la telenovela no tiene desperdicio. Resulta que ese amor de mi vida estaba trabajando en la ciudad, se me ocurre que tal vez  y por cuatro días podía ayudarle en el mercadillo porque con total seguridad me necesitaba allí. Soy muy consciente que la que quiere caña soy yo. Así que me pongo mis mejores galas y me dedico a agonizar de alguna manera que no se presienta durante cuatro largas jornadas a su lado. Cómo no tenía bastante con el guión de la historia así cargadito, en medio de esa supuesta agonía, empiezo a responderle los ojitos a ese otro chico que mira desde el puesto de enfrente. Vuelve algún tipo de voz, ahora con más volumen desde mi hombro derecho, pero no distingo ni el mensaje con claridad, porque yo sigo con lo mío. Nos damos los teléfonos, más ojitos, mi exnovio que se pone celoso y se le nota, y a veces me gusta aunque lo que querría es quedarme a su lado. Y así, una semana después se me planta en casa el otro. Sí, sí, el otro. Ese otro que ni nos conocemos bien, cómo si me hubiera hecho mucha falta hasta ahora, que ni me vuelve loca, desde cuándo te ciñes al hombre perfecto, y ni por asomo va a conseguir que olvide a mi ex, no soy ni remotamente consciente de qué es lo que yo voy buscando.

Cajón. Eso es lo primero que veo cuando giro la mirilla de la puerta. Un inmenso y rojo cajón flamenco. Resulta que el chico hace cajones y en algún momento me visualizó a mí tocándolo. Claro, yo gitana de toda la vida mi alma, pero por lo del brillo en los ojos como Lola Flores, porque lo que es ritmo, me falta un tantito. No pasa nada, entra cariño que yo para algo me hago responsable de mis actos. Es viernes y aún faltan 48 horas para el domingo pienso mientras voy entornando la puerta a su paso. Cuarenta y ocho horas con todas sus letras.

Bueno, vamos allá. Viernes noche, paseo, caen una tapillas de cajón, valga la ironía, y ya como que todo se hace más fácil. Casa, oscuridad, cama grande. Bueno, más fácil aún. Venga, una camiseta menos entre él y yo. Todo va cayendo por su propio peso. Dispongo de él tumbado sobre mi cama, esta es la mía, ahora mando yo, besitos en el cuello, otros en el pecho, sigo descendiendo, ya estamos embarcados y stop. Dale al botón de pausa ahora mismo. La telenovela no estaba planeada para romperse con este toque new age, grunch, rockero, hipster, moderno. Ya es que no sé ni cómo describirlo. Es un toque metálico, brillante y frío en forma de piercing en el ombligo que capta toda mi atención. Cualquier tipo de erección mental baja al instante. No puedo desasociar que ese accesorio es femenino, no lo llevan ellos, jamás. Empiezo a verle incluso con ciertos toques homosexuales que no me ayudan a formular acción ni ejecución. Cómo resolvemos esto por dios santo. Se me está notando y no puedo parar, es decir, sabemos que debo seguir y complacerle, cuando en realidad lo que quiero es echarme a un lado y estallar en carcajadas. La voz de la derecha esa sí que rompe a carcajadas, la de la izquierda por una vez en la vida está de acuerdo en que eso es lo mejor que pueden hacer juntas. Lucho por concentrarme. Aún deben faltar 43 horas para el domingo como mínimo. Yo quiero a mi ex. Concéntrate y acaba esto. Se me pegan las sábanas mentales a la cabeza. Pero me creo que soy una buena chica, y yo casi nunca deja las cosas a media. Esta no iba a ser una de esas.

Viernes eterno, sábado infinito, domingo que sucede lento y pausado. Por momentos se me olvida ese toque decorativo en el apéndice que le alimentó durante su gestación, pero sólo por momentos. Así tic-tac resuena de derecha a izquierda sobre mis hombros como un pimpón.

Fingir. Qué bonito el cajón, desde luego es precioso, me encanta. El domingo en cuantico te vea salir por la puerta me pongo con la percusión. Fingir. Qué pronto se aprende a complacer. Desde luego estás muy lejos de hacerte feliz a ti misma. Fingir. Qué delicia todo contigo. Fingir. He aprendido a sonreír por fuera demasiado fácil. Fingir. Nos vemos guapo, estamos en contacto. Fingir.

Domingo.

(nota de autor: acudir a capítulos 25, 26 y 27)