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Así que me armé de valor, tomé aire, carrerilla, me creí alguien en ese instante…

Porque cruzarse con aquellos ojos y aquella sonrisa en la puerta de una carnicería en ese pequeño pueblo aquel principio de verano nunca me hubiera hecho imaginar que aquel sería mi primer gran amor con 13 años.
Y es que así fue. Todo un verano casi diría yo obsesionada
con cruzármelo en el futbolín del bar todos los sábados, en la película que proyectaban el domingo en el único cine del lugar, en el hipermercado donde todos comprábamos por falta de opciones. Pero no fue hasta el final de agosto, el 29 concretamente, una tarde
de sábado, que me puse mis sandalias de plataforma, mi minifalda gris y mi polo rojo, aquella era sin duda mi combinación preferida. Subí al pueblo con mis amigas en un plácido y a la vez nervioso
paseo, porque yo ya era consciente que él iba a venir y sabía que quería verme.
Allí estábamos en un banco, niños, niñas, chicos, chicas pero también él y yo y yo y mi burbuja, claro está. Minutos después sólo quedamos nosotros como si el aire hubiera estado implícito de lo que tenía que ocurrir y todos aquellos pre-adolescentes hubieran estado respirando la obviedad de esfumarse de ese rincón de la plaza cuanto antes. Al
menos así lo veía yo, deseaba tanto quedarme con él y nuestro propio mundo. La conversación llena de adrenalina llegó dando saltitos has
ta un –aquí aún hay un tabú que resolver- me dijo él. Yo sonreí y supe que estaba todo hecho. El aire se alivianó súbitamente y empezó a entrar en mis pulmones nuevamente; pude entonces responder
–el tabú está resuelto y sabes la respuesta-. Sencillo, irónico, dulce, inocente fue como las chicas de entonces nos hubiéramos referido a aquel acto tan importante de “pedir para salir”. Ahora estábamos saliendo. Aquel chico de ojos verdes y profundos y llenos de
vida, y dulzura, y una sonrisa grande y blanca que salía desde
dentro era ahora mi novio.
El misterio, nuestra compenetración en todos los besos, abrazos, son
risas que nos regalábamos cada vez que compartíamos un minuto juntos. Fueron ocho meses exactos. Ocho meses repletos de minutos felices. Tiempo en el que me hice un poquito más mayor pero sobre todo un mucho más entera.
Aquel chico se encargó de repetirme una y mi veces todo lo que le gustaba de mí y eso me hizo grande y fuerte y confiada. Todo lo
grande, fuerte y confiada que podía ser mi proyecto de personita por aquel entonces.
Recuerdo las miradas de los otros niños (y sobre todo de las niñas) con envidia sana de ver cómo dos se unen, se compenetran y se comparten de una forma sana. A ese recuerdo le pondría miel de romero como sabor. Al siguiente recuerdo en cambio le pondría jalea de jengibre para definirlo. Un Levi ́s 501 enfundado en él a la perfección,
yo que le abrazo por la espalda y enfundo a su vez mis manos en los bolsillos, un pulgar que encuentra un agujero en el bolsillo delantero derecho de un chico que nunca o casi nunca llevaba calzoncillos. Fácil y rápido como el picante del jengibre que llega a tu
cerebro cuando muerdes un pedacito fresco en medio del wok de
verduras que has preparado, pues así fue como escuché por primera vez una exhalación al aire llena deexcitación en mi pareja porque también fue como por primera vez yo tocaba el glande
turgente del sexo opuesto. Había más gente, nadie sabía lo que
ocurría pero él estaba inquieto y yo sólo sabía respirar muy rápido y mantenerme ahí. No hay un manual para esos momentos. Sentí una jalea en mis dedos, un espacio oprimido por un órgano que se
hacía grande, mi cerebro maquinando como disimular el goce
de la aventura entrando en un mundo desconocido. Sentí también, y nunca mejor dicho, el poder en mis manos del control a través del regalo del placer.
Tiempo después fui yo la regalada. Me llegó el mismo momento en el que exhalas por primera vez cuando una mano ajena se cuela entre tu piel y tus braguitas. Porque a pesar de que ya sabes desde hace tiempo lo que es la masturbación y con él nunca llegaste al
orgasmo, aquello era una isla diferente. Viajar a ese lugar de tensión mental y concentración física en un punto del cuerpo. Tengo la sensación fresca de notar como la sangre única y exclusivamente estaba concentrada en mi centro, y todo era culpa suya.
Ese regalo se sucedió en el tiempo varias veces. Era un añadido a la experiencia que vivíamos pero sin duda no la prioridad.
El final me costó entenderlo, tampoco hay un manual del dolor para chicas de 13 años que las deja su novio, su maravilloso novio con el que todo va maravillosamente bien.
Así que me costó mucho en aquel momento entender que la prioridad era sin duda alguna experimentar todo lo habido y por haber. Aunque gozáramos, aunque nos quisiéramos, aunque la vida fuera maravillosa… había que vivir todavía mucho más. De esa
forma me llegó el segundo gran aprendizaje de aquella relación que me quedó grabado por siempre y para siempre. Experimentar la dureza de cuando se termina el primer gran amor. Pero consistió en una lección dura, que te agrieta, porque fue él quien tomó la decisión de la libertad, pero tuve que ser yo la que se dijo asi misma, ya por aquel
entonces, que un novio se tiene para que te quiera y para quererlo, no para medias tintas.
Así que me armé de valor, tomé aire, carrerilla, me creí alguien en ese instante y acabécon aquel teatro forzado de besos espaciados por horas y miradas esquivadas llenas de todo lo opuesto a la compenetración. Lloré y lloré y lloré y hasta caí enferma de tanta exigencia y nervios. Pero salí adelante, me hice de nuevo, entendí mucho más de lo
imaginado oculto en cada sollozo.
Guajira se había enamorado un poquito. También tuvo que desenamorarse otro tanto. La vida pasó y el sol siguió saliendo por el este cada día sin ser consciente de cómo eso iba
impregnándome de novedades. Casi dos décadas más tarde puedo decir que el gran regalo de todo aquello fue el amor incondicional que nos tenemos hoy por sabernos, por conocernos, por admirarnos. Porque diría que él es una de es as personas impresionantes
que tiene este planeta sobre la faz de la tierra y mi gran suerte, vivirla en la primera persona del singular siendo casi una niña.