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Yo siempre soñé con cuentos de hadas, con corazones de color rojo, pero hay veces que los atajos emocionales pueden con cualquier intento de filosofar sobre el amor…

Dentro de la colección de sensaciones que pueden llegar a acumularse entre el hipocampo y el neocortex cerebral, la suya, corresponde en primer lugar a ternura. Él, un gran amigo que si bien el tiempo se encargó de situarnos en puntos muy lejanos del espacio, aún hoy diría que me dibuja una sonrisa dulce de medio lado. Pero también es cierto que recuerdo con la misma fuerza y la misma intensidad de un pájarillo cuando alza el vuelo tras haber permanecido en el nido toda la noche hambriento, las ganas de besarle a oscuras, de quedarme sola, de ser cómplices de miradas y ecos en el interior.

Un escenario sencillo de adolescentes. Música a todo volumen y la discoteca llena de gente. Siempre me reía de como bailaba, de sus zapatillas, pero con toda la certeza, aquello era más un intento de acercarme que de analizar sus virtudes realmente. Me había fijado en él pero una vez más, mi atención incrementó notablemente tras sentir su mirada en mí. Podemos viajar a un domingo de madrugada de un mes de febrero bien frío, casi cerrando el local, en el parking de polvo, cansados pero llenos de adrenalina, allí solos por unos minutos simplemente quiso confirmar si por la noche volvería a salir de nuevo y entonces fue tan sencillo como decirme –luego te voy a pedir para salir–.

Nada más, así son los adolescentes. Bueno, yo siempre soñé con cuentos de hadas, con corazones de color rojo, pero hay veces que los atajos emocionales pueden con cualquier intento de filosofar sobre el amor. Supongo que tener 16 años, muchas hormonas y pocas, muy pocas horas de sueño a lo que añadir niveles altos de THC controlando el cerebro de aquel chico nervioso que tenía delante, no le permitieron elaborar ninguna situación de esas de películas con las que yo aún sigo soñando. Pero me gustó. Me gustó mucho. Reí durante horas, y podría decir que hasta días, sobre aquella situación inocentemente premedita. Pero aquella noche fui al encuentro claro está, y no hizo falta decir nada, simplemente buscar de nuevo el estar solos, evadirnos de nuestros amigos, el salir del local unos minutos, el hablar de cualquier cosa cuando  lo que realmente queríamos hacer era acortar la distancia. Por fin reducir ese espacio intermedio de separación, estar más juntos, y ahí, justo ahí es cuando más recuerdo su sonrisa, su dulzura, su ternura, la capacidad de darme mimos tan sólo con una mueca, de sobrecogerme entera. Ahí y por eso hoy me dibuja una sonrisa dulce de medio lado cuando dejo la mirada perdida e intento adivinar donde estará y abrazo al viento para que le envuelva.

Me doy cuenta que su lengua me gustaba mucho, me hacía despertar mi sexualidad como cuando te desperezas por la mañana poco a poco, aún en la cama. Abres un ojo, lo cierras, aún es temprano, sigues dormitando, pero no puedes luchar con el cerebro que funciona rápido y entonces quieres más del nuevo día que está empezando. Eso me hacía sentir. Despertar. Gracias.