8

Como a día de hoy cuando me traen el vino a la mesa para probarlo y respondo, sí, delicioso, nos lo quedamos, aunque sigo siendo una completa aprendiz del tema en cuestión.

Piel de porcelana, tacto suave, terso, fresco. Su color es leche de almendras. Sus pómulos redondeados y marcados dando el lugar y el espacio perfecto para unos ojos azules, abisales. Cuando aquello y todo él deciden seducirte no hay escapatoria. Primero llega, se acerca, te da dos besos apretando las mejillas con la fuerza y el impulso justos para que sea algo más que una simple bienvenida. Desde ese instante él, fruto de la bomba de relojería que desatan en su interior las hormonas encargadas de la función físico-química, ya no es él.

Apoyado en el quicio de la puerta mientras entreabre su boca y descansa la lengua en el cielo de la boca, al tiempo que extiende su brazo hacia arriba, te mira, simplemente te observa, como queriendo desatar un banquete pero hablando en realidad de las fiestas típicas de año nuevo en el pueblo o la previsión del tiempo para mañana.

En mi cabeza hay curiosidades como que él será el 8, el símbolo de infinito. Por muy inocente que me reconozca todavía siempre hay lugar para divagar, para entregarse al amor, para soñar. Me gusta. Desencadena dentro de mí un reto. Es un reto asimilado como cercano, el hecho de que sea el vecino del piso de arriba y al mismo tiempo casi el hermano de las amigas que estoy visitando por estas fechas, es como querer seducir a un gran amigo por muy nuevo que sea en mi vida. Al mismo tiempo, sus hormonas llaman a las mías, y entre ellas se montan la gran fiesta de nochevieja con 12 uvas y sus 12 deseos monotemáticos: quiero un beso suyo.

La noche transcurre, él y yo cada vez más cerca, te busco, me busca, nos hayamos y un beso con lengua invadiendo hasta el fondo de mi garganta aparece de repente. Me aprieta contra la pared levemente y yo voy derritiéndome poco a poco. Es un pub pequeño y oscuro como todos los antros de España profunda, pero mi burbuja tienes los colores que a mí se me antojan. Todos por el momento.

Esa noche termina pronto, todos dormimos unas 16 horas seguidas. El día 2 de enero en cambio,  me trae de regalo una visita al piso de arriba con nuestra soledad compuesta por una habitación donde solo caben dos y un aire lleno de ganas, de caricias, de abrazos, de lenguas, de tumbarse en la cama y notar como nuestros sexos a través de una tras otra capa de ropa desean encontrarse y ser los protagonistas. Pero aún hay mucha inocencia, los sexos permanecen lejos. Libertad de ser uno mismo y dejarse fluir mientras nervios e incógnitas se apoderan de nosotros. Nuestras manos se reconocen en el aire, somos unos románticos reconocidos, reconociéndonos.

Estar tumbada en su cama con aquellos ojos profundos arrastrándome al fondo de las fosas como si fuera el último beso que íbamos a dar. Noto su aliento en mi rostro. Él no sabe ser de otra manera que todo él entregado en cada pequeño gesto. Me gusta, lo dije ya?

Bajo de nuevo las escaleras y regreso para merendar, por segunda vez, con mis amigas, con la diferencia que ahora serán un vaso de leche con galletas de verdad. No puedo quitarme la sonrisa de encima. Una sonrisa que me tiene atontada pero que dentro de mi tiene sabor a triunfo, a mujer, a feminidad. Como sabiendo lo que haces, triunfadora. Como a día de hoy cuando me traen el vino a la mesa para probarlo y respondo, sí, delicioso, nos lo quedamos, aunque sigo siendo una completa aprendiz del tema en cuestión.