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Estaba ahí de una forma diferente, al menos estaba, no como el resto que sólo se amotinaban contra nosotras cuando lo que deseaban era comernos a bocaditos.

Entonces llegó la primavera, y el buen tiempo y las tardes en el pueblo. Nos habíamos hecho tan mayores en tan poco tiempo. Claro, madurez era algo muy lejano aún pero en un breve y corto espacio de unos meses con mis compañeros de clase del colegio habíamos pasado desde pelearnos por el balón en el patio hasta soportar que te subieran la falda para que se te vieran las bragas. Pero ahora ya no, ahora estábamos invadidos por hormonas como la espuma en una de esas fiestas de discotecas de verano.

Él resultó ser el maricón, el gordito, el marginado de la clase. ¡Qué malos pueden llegar a ser los niños cuando quieren! Con los años él es un sex-simbol de cuidado y yo, yo puedo decir que sus quasi primeros besos fueron experimentados conmigo, y los míos con él. Al haber tenido una infancia torturada por los dominantes de la clase, él se hizo un hueco siempre entre las chicas. Estaba ahí de una forma diferente, al menos estaba, no como el resto que sólo se amotinaban contra nosotras cuando lo que deseaban era comernos a bocaditos. Cuantas veces habré oído decir “los que se pelean se desean” y no entender nada de nada de lo que ocurría en la mente de esos niños inmaduros. Yo siempre deseaba y yo nunca peleaba.

Una tarde calurosa y con mucha humedad en el ambiente, ya casi anocheciendo dábamos un paseo entre las 4 calles disponibles. No estábamos solos, éramos un grupo, además de muy acompañados por nuestra atracción mutua que llevaba días asomando en todos los momentos que coincidíamos. Sin querer queriendo esos eran muchos. Muchos más de lo que encuentros azarosos estadísticamente comprobados se dan entre dos personas que comparten un mismo espacio. ¡Seguro!. Me miró, se acercó a mí y con un aire de seguridad que salía de algún lugar que aún desconozco, me dijo –ven conmigo- y yo, sin dudarlo me fui. Dónde? Pues a otras de esas 4 calles que por aquel entonces tenía el pueblo. Pero esta vez fue al final, donde ya no quedan casas, donde llega el resplandor de alguna farola desorientada, donde algún coche aparcado sirvió de trípode para sostener mi cuerpo que suavemente y con una sonrisa apoyó allí y así poder entonces mirarme fijamente y acercarse a mi boca con unas ganas tremendas. Porque aquí nadie identificaba aún ni romanticismo, ni control, ni conciencia alguna. Estábamos vendidos completamente a una serie de procesos fisiológicos inherentes a toda adolescencia  pero ajenos a nuestro ser. Era un efecto wasabi generalizado de pies a cabeza. Besos, besos, besos y más besos. Poco tiempo. La pandilla que aguardaba. Besos cuello besos lengua nuca, ups, ¿eso fue un roce a mi teta?. Mi cerebro no daba para registrar más entradas. Y vuelta a la vida real. -Volvamos que vienen a recogerme mis padres- me dijo. Le acompañé, saludé con mi mejor carisma y le di dos besos a su padre. Por aquel entonces las niñas muy niñas llevábamos esa purpurina a modo de sombra en los ojos como maquillaje para principiantes. Entonces ocurrió lo que casi recuerdo con más cariño de toda esta historia, además de que aún sigo encontrándome con él en aviones y seguimos intentando seducirnos sutilmente sólo porque una vez dejó de haber aire entre nosotros durante el espacio de tiempo de unos besos. Su padre me sonrió y me dijo sin bajarse del coche –que guapa estás con esa purpurina, la haces brillar-, mientras mi reciente cómplice de fechorías se incorporaba al Range Rover. Entonces su padre se giró, lo saludó y comentó –vaya hijo, no sé cómo habrá llega hasta tu mejilla esa purpurina-. Y así fue como pasamos, con unas carcajadas compartidas, a ser tres cómplices en una historia de dos actores.