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Fingir. Qué delicia todo contigo. Fingir.

Vaya desfase otoñal. Parece que cumplir la mayoría de edad acarrea subir en la montaña rusa del notengoniideadequévaesterolloperomemola. A qué juegas pequeña me habla una voz detrás del hombro derecho, yo ni la oigo, pero sé que le contesta otra desde algún lugar lejano allá por donde queda el hombro izquierdo –hago lo que se me canta-. Y así cantando tengo 18 años hace dos días y recibo visita en la ciudad. Viene desde Valencia y la verdad que se nos ha ido esto un poco de las manos, rectifico, asumo toda la responsabilidad que para algo soy la protagonista de mi historia.

Con toque de telenovela mexicana, el amor de mi vida durante dos años me había dejado por teléfono y en verano por otra. Yo llora que te llora desde entonces porque, claro está, era sin duda alguna el amor de mi vida y jamás iba a encontrar a alguien como él. Curiosamente desde entonces mucha agua había llovido*. Como iba diciendo la telenovela no tiene desperdicio. Resulta que ese amor de mi vida estaba trabajando en la ciudad, se me ocurre que tal vez  y por cuatro días podía ayudarle en el mercadillo porque con total seguridad me necesitaba allí. Soy muy consciente que la que quiere caña soy yo. Así que me pongo mis mejores galas y me dedico a agonizar de alguna manera que no se presienta durante cuatro largas jornadas a su lado. Cómo no tenía bastante con el guión de la historia así cargadito, en medio de esa supuesta agonía, empiezo a responderle los ojitos a ese otro chico que mira desde el puesto de enfrente. Vuelve algún tipo de voz, ahora con más volumen desde mi hombro derecho, pero no distingo ni el mensaje con claridad, porque yo sigo con lo mío. Nos damos los teléfonos, más ojitos, mi exnovio que se pone celoso y se le nota, y a veces me gusta aunque lo que querría es quedarme a su lado. Y así, una semana después se me planta en casa el otro. Sí, sí, el otro. Ese otro que ni nos conocemos bien, cómo si me hubiera hecho mucha falta hasta ahora, que ni me vuelve loca, desde cuándo te ciñes al hombre perfecto, y ni por asomo va a conseguir que olvide a mi ex, no soy ni remotamente consciente de qué es lo que yo voy buscando.

Cajón. Eso es lo primero que veo cuando giro la mirilla de la puerta. Un inmenso y rojo cajón flamenco. Resulta que el chico hace cajones y en algún momento me visualizó a mí tocándolo. Claro, yo gitana de toda la vida mi alma, pero por lo del brillo en los ojos como Lola Flores, porque lo que es ritmo, me falta un tantito. No pasa nada, entra cariño que yo para algo me hago responsable de mis actos. Es viernes y aún faltan 48 horas para el domingo pienso mientras voy entornando la puerta a su paso. Cuarenta y ocho horas con todas sus letras.

Bueno, vamos allá. Viernes noche, paseo, caen una tapillas de cajón, valga la ironía, y ya como que todo se hace más fácil. Casa, oscuridad, cama grande. Bueno, más fácil aún. Venga, una camiseta menos entre él y yo. Todo va cayendo por su propio peso. Dispongo de él tumbado sobre mi cama, esta es la mía, ahora mando yo, besitos en el cuello, otros en el pecho, sigo descendiendo, ya estamos embarcados y stop. Dale al botón de pausa ahora mismo. La telenovela no estaba planeada para romperse con este toque new age, grunch, rockero, hipster, moderno. Ya es que no sé ni cómo describirlo. Es un toque metálico, brillante y frío en forma de piercing en el ombligo que capta toda mi atención. Cualquier tipo de erección mental baja al instante. No puedo desasociar que ese accesorio es femenino, no lo llevan ellos, jamás. Empiezo a verle incluso con ciertos toques homosexuales que no me ayudan a formular acción ni ejecución. Cómo resolvemos esto por dios santo. Se me está notando y no puedo parar, es decir, sabemos que debo seguir y complacerle, cuando en realidad lo que quiero es echarme a un lado y estallar en carcajadas. La voz de la derecha esa sí que rompe a carcajadas, la de la izquierda por una vez en la vida está de acuerdo en que eso es lo mejor que pueden hacer juntas. Lucho por concentrarme. Aún deben faltar 43 horas para el domingo como mínimo. Yo quiero a mi ex. Concéntrate y acaba esto. Se me pegan las sábanas mentales a la cabeza. Pero me creo que soy una buena chica, y yo casi nunca deja las cosas a media. Esta no iba a ser una de esas.

Viernes eterno, sábado infinito, domingo que sucede lento y pausado. Por momentos se me olvida ese toque decorativo en el apéndice que le alimentó durante su gestación, pero sólo por momentos. Así tic-tac resuena de derecha a izquierda sobre mis hombros como un pimpón.

Fingir. Qué bonito el cajón, desde luego es precioso, me encanta. El domingo en cuantico te vea salir por la puerta me pongo con la percusión. Fingir. Qué pronto se aprende a complacer. Desde luego estás muy lejos de hacerte feliz a ti misma. Fingir. Qué delicia todo contigo. Fingir. He aprendido a sonreír por fuera demasiado fácil. Fingir. Nos vemos guapo, estamos en contacto. Fingir.

Domingo.

(nota de autor: acudir a capítulos 25, 26 y 27)

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«tal vez sea el hombre de mi vida se pasea el pensamiento por un nanosegundo en mi cabeza»

Ruso, chino o mandarín. En qué idioma tengo que hablarme para dejar de tener esa sensación de leche agria en la garganta como cuando se te repite una paella por empacho el domingo por la tarde. La conversación conmigo misma redunda ya en un punto en que empiezo a darme cuenta de que el problema es que no tengo conversación alguna conmigo misma.

Sólo han pasado dos semanas de haber salido ilesa de las garras del mal, es decir, su amigo o más bien, esa máquina de seducir y fabricar números en su colección de conquistas, y yo ya vuelvo a las andadas. Más bien, diría que esta vez es una cuestión de desidia mental. Creo que todo es tan banal, tan superficial, tan leve que no llega ni a ser. Podría ahorrarme tales circunstancias, puede ser, pero entonces el momento en el que escribo estas líneas yo sería otra. Así que la historia no se escribe con el podría haber sido, sino con un fue tajante.

En esa mermelada pegajosa en que nadamos un sábado de noche, estamos los dos en ese mismo sofá repugnante que me tuvo su amigo unas cuantas noches atrás. Ni me gusta, ni me atrae, tiene barriga, su piel es de un pálido nórdico enfermizo, su carcajada es detestable…pero yo soy joven y picarona y sedienta y me estoy descubriendo y lo que sí sabe hacer bien es jugar sus cartas y sacarse ases bajo la manga. Esta vez, esta noche estoy más tranquila. Tengo supremacía porque su personalidad es más débil que la mía a pesar de la edad. Yo le puedo y por eso no siento ese miedo mezclado con atracción. Sé que si no quiero no quiero y el pulso que me plantean a la par la Seducción por un lado y la Experimentación por otro será más fácil de ganar. Cuántas veces me daré cuanta en la vida que ese pulso lo ganarían ellas…ay pequeña.

Sus ojitos pequeños, ilesos y juguetones me hacen chiribitas, ha llegado el momento en que deja de pensar con la cabeza y empieza a actuar con su único instinto varonil y extremadamente sexualizado. Me doy cuenta exactamente cuándo ocurre eso. Yo he dejado de ser su amiga para ser el posible objeto que tener en su cama con solo atravesar el largo pasillo y entrar en su habitación. Cuando soy consciente de todo esto ya lo tengo encima besándome y lo peor de todo, es con mi consentimiento.

So-co-rro conciencia, por qué nos hacemos esto otra vez. Ni experimentos, ni ostias. Ya lo dije, yo tengo las de ganar. Podría intentar quedarme, intentar descubrir si me excita, tal vez sea el hombre de mi vida se pasea el pensamiento por un nanosegundo en mi cabeza, lo desecho tal como llega, nunca se sabe, pero esta vez ya lo sé todo.

Perdona es que mañana tengo no sé qué. Cualquier excusa es buena y la peor al mismo tiempo. Tú y yo esto y lo otro, besos otra vez en el cuello para intentar retenerme. Me siento apoyada en el mismo quicio de la misma puerta con el mismo tipo de susurro baboso manipulador. Es un déjà vu desquiciante. Aunque el pulso es mío.

Cuando piso ese portal que me reconoce y me veo victoriosa reflejada en el mismo espejo del mismo rellano diciéndome corre a casa ya y vete a dormir que ese no sé qué que tienes que hacer mañana en realidad es lo más importante que deberías haber hecho antes de llegar aquí. Encontrarte contigo misma, aunque al pisar la calle casi se me ha olvidado del sueño que tengo. Otra vez será.

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«sé que me voy a arrepentir eternamente así que antes de que ocurra ya voy construyendo el peso sobre mi conciencia.»

Son sólo cuatro o cinco besos en un sofá asqueroso de algún piso de estudiantes frío sobre Pedro Antonio de Alarcón y ya me estoy sintiendo repugnante, sé que me voy a arrepentir eternamente así que antes de que ocurra ya voy construyendo el peso sobre mi conciencia.

Por qué continúo ahí, tendría que levantarme e irme. Lo conozco de toda la vida y por muy talentoso, galante, encantador que sea es un seductor y yo sé que esa noche con mis 18 añitos recién cumplidos soy sólo una presa más que incrementar su lista, la niña bonita que esa noche calló en su sofá y le siguió el juego. Pero por qué, si toda esta historia me la conozco. Es machista, es engreído, es un asco.

Tal vez porque me siento acompañada, porque somos un grupo de amigos aunque los demás estén durmiendo, porque le sigo el juego porque sé que es un juego, porque es muy tarde y mi casa queda muy lejos. Por qué, por qué, por qué.

Claramente el alcohol ayuda, él bebe mucho más que yo y eso también me ayuda a permanecer atenta y despierta. Eso es bueno y es malo porque al mismo tiempo que estoy pensando cómo salir de este laberinto me veo resbalando por un agujero sin retorno. El laberinto se llama seducción y la puerta de salida queda al final del pasillo, pero yo sigo dando vueltas en el laberinto. En su sofá también doy vueltas. Cada vez estamos más cerca, más acomodados en el mueble, más permitiéndonos esas licencias de la cercanía de los cuerpos. Abro los ojos y nos estamos besando, yo sólo pienso en una cosa, no acabar desnuda en la misma cama con ese chico. Los besos ya no los puedo negar pero por favor que no termine metiéndome en su cama porque entonces no voy a poder restaurar mis límites fácilmente. Me gusta, sí un poco, algo tiene, no lo suficiente, creo que lo que más tiene es la inercia del momento de su parte. Únicamente eso.

Los besos siguen, se acompañan de alguna risa tonta y nerviosa y entonces termino de caer en el abismo en el momento exacto en que me está pidiendo que me quede a dormir allí. Estoy tan llena de fango mental, tan hundida hasta arriba que ya no puedo ir más allá. Sus ojos de aquí te camelo yo me lo han dicho todo, sal corriendo pequeña. Con mucho reniego, mucha manipulación, un poco de intento de acorralarme en el pasillo para que caiga en sus redes. No te vayas, quédate, venga va, que rico, besos, te aprieto, tú y yo. Clac!! Libre, escalera, descansillo, portal y calle. Libre al aire libre.

Lo he conseguido, camino calle arriba orgullosa de saber que no despertaré en su cama sucia y fría. Llegarán más y peores, y no podré escapar y me ducharé corriendo cuando salgan ellos por mi puerta, y desearé olvidar alguno, y borrar otro, pero esta vez no, no he caído. Soy libre y camino calle arriba, allí lejos y mucho tiempo después me espera una cama mía y sólo mía.

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25

Yo simplemente aprendí que a veces, sólo a veces puedes jugar a ser una diosa y hacerte dueña del azar por encima de todo.

Estoy escribiendo con un poco de música folk resonando allá lejos, son las tres de la mañana y ojalá hubiera bebido un poco de vino para darle algo de sentido a mis emociones pero no puedo ni justificarme con esta idea. O tal vez, sí he bebido un poquito.

Cuando llega el sábado y me pongo todo lo guapísima que puedo, me doy ese brillito en los labios y antes de salir froto una gotita sutil de ese perfume exótico en aceite sobre las muñecas lo único que quiero, además de, claro está desarrollar un plan para conquistar el mundo con mis amigas, deseo por encima de todo sentir que encontré una presa. Nada del amor de mi vida, a ese siempre lo voy buscando, pero en condiciones como esta únicamente quiero sentir que mi feminidad brota a borbotones, que el negro del vestido hace juego con mi pelo y mis ojos y por eso puedo cautivar como me dé la gana, que soy joven y estoy muy viva básicamente. Quiero irme a dormir teniendo un chico en el que pensar. Algo así como anhelar vivir una historia de amor de corta pero intensa duración para agitar las emociones.

Sí, está claro, consiste en el uso personal y egoísta de otro objeto, en este caso, de carne y hueso, para llevar a cabo la conquista, en este caso, no del universo sino únicamente de una misma. Lo escribo y me siento extraña. Me pregunto si realmente él no me importa tanto como quiero hacer aparentar, pero la verdad es que no. Voy a explicarme un poco mejor y fundamentar mi tiranía.

Un sujeto, dícese X, aparece en la mesa de al lado del pub disfrutando de la misma happy hour que tu ymetiéndose entre pecho y espalda chupitos de ese sucedáneo de tequila repugnante. Dicho sujeto es extremadamente moreno, brillante, seductor, llamativo, latino, joven, alto, fornido, bronceado…en realidad sé que no cumple ni la mitad de estas expectativas físicas pero yo lo quiero percibir así mientras nos miramos entre brindis y risa tonta. Él me encanta obviamente. Empiezo a fantasear con todo lo que podríamos hacer esa noche juntos. Por fantasear pienso en playa, embarcaderos, callejón, oscuridad, besos profundos y lentos, una despedida de hasta nunca al amanecer y poco más. Confieso que no soy muy experta en fantasear. Pero sí le tengo ganas, unas ganas tremendas desde que me estaba poniendo el perfume en la muñeca antes de salir de casa y aún no sabía ni que él existía.

Mi cuerpo ya cantaba victoria, nos despedíamos de ellos en el pub y quedábamos en el otro único lugar al que se podía ir a bailar en ese pueblo para bajar la hora feliz líquida que teníamos en sangre. Miradas de seguridad, dos besos, roce de manos. La depredadora camina feliz sabiendo que la presa ha caído en la trampa fácilmente.

Demasiado rápido pequeña. Todas mis células gritan felíces al unísono cuando mi amiga, ella, mi hermana, me dice –joooo, a mi también me ha gustado, no es justo, tú te los llevas todos siempre-. No lo puedo creer, ella, esa grandiosa pelirroja despampanante que tengo por amiga me dice a mí que me los llevo todos de calle. Tal vez me los llevaría a todos si hubiera algo que llevarse pero nunca hay presas tan morenas, tan brillantes, tan…como nuestro sujeto, porque ahora era nuestro. Mi fiesta conmigo misma se había acabo en un instante. No había tequila que me reanimara. En la justicia divina exactamente estoy pensando yo. Da igual quién le vio primero, o a quién le gusta más, es simplemente un sujeto de sábado noche que me iba a hacer feliz a mí. Sí a mí. Resoplo hacia dentro, me retuerzo de rabia, alargo los dedos y extiendo la palma de la mano como intentando controlarme. Si aplico todos mis principios morales y la perorata que acabo de repetirme sobre la presa que había caído en mis redes y la tontería esa del sujeto de sábado noche voy a ser incapaz de pelearme con una amiga que no hay forma de hacer reaccionar a mi favor. Entonces se me viene a la mente la mejor idea de la noche. Qué digo, súbitamente aparece en mi cabeza la mejor demostración empírica de que el azar no existe y todo absolutamente todo pasa por algo. Esa certeza tan sabia no llegó como tal, harían falta más sujetos y menos tequilas para que años después pueda ser consciente de su verdad. El caso es que le propongo echárnoslo a suertes, porque aunque ella sea como mi hermana, él sea un puro capricho, la noche se vaya acabando y de esto mañana ni me acuerde, yo sé dos cosas muy importantes. Él me miraba a mí, por qué diablos regalarle mi presa si ya se ha entregado, y segunda y más importante en todo este cuento, cuando nos jugamos algo ella y yo siempre siempre siempre ocurre lo mismo, yo sé que voy a ganar y ella sabe que va a perder.

Acepta a regañadientes porque sabiendo qué ocurrirá y efectivamente, tras un piedra, papel, tijeras, el papel de mi mano envuelve triunfante su puño decorado de pucheritos tontos. Tal y como estoy celebrando la noche por segunda vez y soñando con ese amanecer acompañada, empezamos otra vez con la discordia. Esta vez se pone más pesada, lo quiere para ella y punto. Así que soy rotunda, todo tuyo. No pienso gastar ni un poquito de energía en esto porque empiezo a sentirme ridícula. Hasta el momento me había divertido, ya había tenido mi recompensa, tal vez no en cuestión de amor pero me sentía fuerte.

Fuerte y un poco rabiosa para qué mentirme. Nos vamos a bailar, él es suyo, así como suena. Bailamos todos con todos, la música pop suena alta, yo tengo que hacerme la dura y él no entiende nada, además de que habla otro idioma, hacía escasos treinta minutos nos estábamos deshaciendo en miradas y ahora tengo que actuar de forma seca, dura y fría aunque sea pleno verano. Qué poco me gusta esto pero él le ha tocado a ella. Suena horrible pero no pienso entrar en ese juego. Que conquisten el mundo ellos dos si pueden, qué se conquisten a ellos mismos si son capaces.

Se hacen las dos de la mañana. Tenemos que irnos o su padre nos matará. Despedidas livianas después de que ellos se habían ido unos minutos a magrearse malamente en el fondo del local, y digo malamente porque todo lo que estuviera relacionado con ellos no podía ser ni lindo ni de colores.

Adios, ciao bello, buona notte, que te vaya bonito…y mientras caminábamos las tres hacia la puerta de salida dirección la parada de taxis más cercana, no me doy cuenta pero muy conscientemente me estoy quitando los dos anillos que llevo siempre, el anillo de plata del dedo corazón de la mano derecha y ese de hojalata que me regaló mi primero novio que nunca sale del pulgar izquierdo y que tiene grabado con una piedra a rayones nuestras iniciales. Tan pronto me los he quitado me los meto debajo de la lengua porque no hay lugar para bolsillos en mi ceñido vestido escaso de tela. Una vez fuera, lejos de la estridente música pongo cara de asombro y digo –mis anillos, me los he dejado en el lavabo ahora mismo- así que tengo excusa para escurrirme rápidamente hacia el interior como una sabandija con los anillos ahora sí bien colocados. Todo ocurre tan rápido que no me da tiempo ni a analizar qué estoy haciendo, sólo sé que camino con paso firme, contoneándome, directa y muy segura hacia él. Me planto delante, ahora sí que el pobre no entiende nada, pero me encargo de que al menos le quede claro que aquella noche la suerte estaba echada desde el momento en que esa gota de ese perfume tocaba mi muñeca. Ella jamás supo la verdad, besaba mal me dijo de vuelta a casa. Él nunca entendió que por una noche fue una simple presa y yo…yo simplemente aprendí que a veces, sólo a veces puedes jugar a ser una diosa y hacerte dueña del azar por encima de todo.

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No es tan divertido cuando todo debe ser jauja.

Yo quiero otras cosas, quiero besos de verdad, miradas auténticas, si seguimos así no habrá más que gruñidos tontos, sí sí, gruñidos onomatopéyicos entre risas nerviosas. Ni yo misma lo entiendo. No sabría siquiera cómo empezar a explicarlo.

No es que tener diez y siete años me haga muy adulta la verdad, pero hay algo con él, una especie de atracción fatal que me mantiene extremadamente despierta y consciente, cuando no debería. Le veo, me gusta, me busca, nos encontramos, quiero besarle a toda costa. Hay un inconveniente que se manifiesta. Es como si pudiera observar el principio y el final de la historia desde una posición ajena y comiendo palomitas. No es tan divertido cuando todo debe ser jauja.

Nos conocemos hace muchísimos años, aunque no hay amistad, sólo el tira y afloja que hace trío con nosotros. Hago como que me río mucho y le sigo la corriente pero dentro empiezo a desarrollar una especie de rabia debido a la pasividad que años más tarde será como una voz acompañante y creciente, pero para eso aún faltan varios fascículos de la historia. Seguir la corriente tiene su gracia, me pasea literalmente en coche, yo me dejo, charlamos en su portal, nos quedamos a oscuras en otros callejones, y nada. Así llevamos año tras año. ¡Che que esto no avanza! Diría él en su marcado acento valenciano mientras camina apoyándose sólo en la punta de los pies, subiendo y bajando con todo el cuerpo y dando zancadas grandes. Movimiento muy descriptivo que no hay que menospreciar. Claro, eso lo diría si se parara un instante, tan sólo un instante, pero no, él arrolla la vida. Me lo permito porque es la diversión del momento aunque no caeré en esta red. Yo siento de otra manera, mis pies se apoyan con toda la planta paulatinamente al caminar, aunque sea un pasito corto y pequeño, pero con toda la planta de un pie y luego del otro y así progresivamente. Camino sin ser consciente, es un ejercicio propio de las neuronas motoras independientes. No soy tan adulta, ni tan consciente, y menos experta en la gestión de mis emociones, sólo sé que debido al cúmulo del roce en encuentros repetidos, al calor del verano y poco más, una noche de esas de agosto llegamos una calle oscura. Siento desidia por la repetición de los actos día tras día y noche tras noche. Soy una mujer de acción me han dicho hace poco, y razón llevan. En esa calle en penumbra y con una conversación atropellada de nervios y atracción me amenaza con un medio beso. Yo, mujer de acción le amenazo con un beso entero. La penumbra deja de existir, se hizo la luz me digo. ¡Me besó! Pienso de una forma despierta mientras siento su lengua llegar hasta mi epiglotis. Cierro los ojos porque es lo que toca, los besos se dan soñando creía yo, pero no puedo evadirme ni un poquito. Llevo tanto tiempo queriendo ese beso simplemente porque es la causa del efecto de ser amigos, adolescentes y hormonados que esa penumbra se ha hecho oscuridad velozmente. Más bien diría que la oscuridad no duró ni un instante. Volvimos rápido a la luz, a la luz de nuestras mentes, a la luz de la calle, y al vernos sólo de día y al dejar de vernos, al encontrarnos por casualidad en lugar de buscarnos. El todo pasó a ser nada con una facilidad demasiado leve para mi gusto. Soy de acción y también de profundidad extrema. Demasiado para mi gusto, aunque por el momento me puedo permitir estas licencias.

Con los años y varios capítulos haré mis propios experimentos conmigo misma. Él seguirá siempre igual, caminando sólo con la punta de los pies, feliz y enamorado de su mujer y de sus dos niños, -¡che! tendría cuatro- me dijo la última vez que nos cruzamos en una calle, sin un gesto, sin una mueca, sin tan sólo un gruñido de complicidad, esta vez sí a plena luz del día y rodeados de gente. Creo que busco donde no hay.

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23

Al separarse nuestros labios después de algunos, creo, minutos, me doy cuenta que si perdí algo aquel amanecer fue de la conciencia del tiempo.

Ai mamasita lo que puede llegar a ocurrir cuando juntas algún chupito de más y sobre todo mucha carcajada. Amigos, amigos de siempre, de la secundaria. Sabroso y latino y encantador y especialmente muy amigo. ¿Él y yo? Jamás, eso hubiera contestado. Si es él, y mira que le veo atractivo y somos siempre muy cómplices en las clases de física y de química. Pero precisamente por eso, él no estaba nada planeado.

Tuvo que acabar el bachillerato, tuvo que llegar el verano, tuvimos que despedirnos, él y yo y todos los demás. Se acababa una etapa y empezaba otra. Vivimos aquel verano maravilloso donde todo era de color de rosa, más bien diría azul como el mar que se encargó de bañarnos una y otra vez. Tuvo que ocurrir todo aquello para que una mañana como la de hoy me despertara con unas ganas extremas de bailar. En general me paso los días a más de 35 grados entre trabajo y playa, y sobre todo creciendo que no es poco. Hoy quiero bailarrr y contonearme por si no lo he dejado lo suficientemente claro. Llamo a mi compañera de batallas, me ha dicho que sí. El plan ya lo tenemos, nos vamos a la gran discoteca. No es mi lugar de encuentro preferido pero mi cuerpo me pide movimiento; echo de menos sudar al ritmo de la música. Estoy en otra isla pero me tomo el barco porque la ocasión lo merece y como siempre, llevamos a cabo el ritual que define a las tardes previas a una noche como esta. Qué me pongo que no esté repitiendo, qué me prestas de ropa que me combine, cómo disimulo mis imperfecciones, ella siempre será más guapa pienso, pero la quiero tanto que es una envidia muy sana. Finalmente rojo, algo de ese color me hace sentirme muy yo. Todavía es pronto y hay que entrar en sintonía así que la palabra clave es chupito. Uno aquí y otro allá. Nos hemos ido encontrando antiguos compañeros, la euforia sube, parece que nos hemos contagiado con una especie de virus vacacional cuyos síntomas son risas, abrazos, contacto físico y levedad del ser.

En la alta madrugada aparecemos en la famosa discoteca de renombre que en pleno agosto es un hervidero de turistas mucho más nórdicos que nosotros, miradas desviadas por drogas fuertes y música aún mucho más fuerte que las sustancias que corren por sus venas. Yo me valgo conmigo misma, me refiero a que tengo tanto subidón con el mero hecho de sobrellevar mi existencia que ya tengo suficiente trabajo. Nos hemos perdido, habíamos ido a por agua a la barra y al volver los pocos que quedaban se han ido, entre ellos mi amiga que seguro se fue con el chico que le gustaba, la tiene loca, así que está perdonadísima. Sé que estará a una hora en un lugar concreto en cuanto cierren las puertas de este local, mientras, yo sigo disfrutando del baile. Sobre todo continúo dejándome llevar por nuestras risas. Hay tanta complicidad que no hace falta ni buscarla. Ambos sabemos que estamos ahí. Movimiento y ciertas miradas de vez en cuando, así van pasando las horas y el tiempo haciéndonos felices.

Llega el amanecer a hacernos compañía. Toca asumir que todos los músculos que trabajaron sin cesar durante horas sujetando nuestros cuerpos ahora piden a gritos un descanso. Decidimos salir de allí a esperar a mi amiga. La discoteca está cerrando y sé que ella llegará. Ese fue nuestro código durante años mientras no existían los teléfonos móviles. El tiempo sigue pasando y ella que no llega y a mí que no me importa en absoluto. Estoy tan bien acompañada, me siento tan en un paraíso a pesar de estar sentada en el borde de una jardinera que hace esquina entre dos calles, que no me percato que él y yo estamos mirando al frente hombro con hombro allí sentaditos viendo pasar los coches. Nuestros cuerpos aún emanan calor, más aún al entrar en contacto esas pieles morenas, vitales y turgentes.

Así sin más, con esa naturalidad intrínseca que se respira entre dos personas que hablan el mismo idioma en silencio, nos encontramos girando sobre nuestro propio eje para terminar mirándonos el uno al otro. Una especie de ligereza gustosa nos invade y como si de algo magnético e imperceptible se tratara, nos acercamos a cámara lenta. Ya no me importa el tráfico que no cesa ni un segundo a escasos metros de nosotros, tampoco me preocupa quién esté más cerca o más lejos, ni mucho menos pienso dónde diablos se habrá metido mi amiga que debía llegar hace…Al separarse nuestros labios después de algunos, creo, minutos, me doy cuenta que si perdí algo aquel amanecer fue de la conciencia del tiempo.

De alguna forma, que durante años he descrito con una sonrisa al recordarlo, fui capaz de perderme en el tiempo entre sus labios y su piel. No habrán sido más de 500 segundos de besos pero me bastaron para que nunca haya dejado de ser el feliz final de una noche en la que todavía nos hicimos más cómplices.

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22

La primera vez que conscientemente tengo tiempo y conciencia para identificar esa sensación.

Libre y grande, muy grande y muy libre. Se acabó todo, incluida la selectividad. Me voy de aquí, adiós compañeros, me espera una carrera universitaria llena de mucho de todo y muy nuevo. Lejos. ¿Puede alguien decirme cómo embotellar esta sensación de grandiosidad y superación personal? La voy necesitar mucho en mi vida y sé que es una droga de la que no puedo prescindir.

Con un combo de estas sustancias psicotrópicas de síntesis emocional propia correteando por mi sangre es como me voy a la playa con un grupo de compañeros a pasar el día. Playa, sol, mar…¡son siempre sinónimo de algo bueno! Yo aún no sabía qué tan bueno iba a resultar. Él lleva todo el curso llevándome en coche al instituto, han sido muchas mañanas compartidas, muchas tardes también, en un espacio pequeño respirando ese mismo aire de cansancio y de agotamiento, deseando abrir las alas y despegar. No sé si me explico, pero es que este sistema está montado de tal forma que cuando más deberías poder ahondar en tu ser porque tu cuerpo estalla de sensaciones varias veces al día, coincide en que también es cuando más horas debes dedicarle a tu escritorio, compartir charlas con tu flexo y hacerte amiga si o sí de los libros y apuntes. Cuando juntas todas esas contradicciones emocionales y deberes sociales, es entonces cuando se crean una especie de bombas a contrarreloj dentro de ti, tic tac, tic tac te recuerdan constantemente. Llegó la primavera y la superamos juntos, pasamos los exámenes finales y seguíamos carretera arriba carretera abajo, con la cabeza bien alta y ese tic tac, tic tac acechando cada nuevo amanecer, susurrándote al oído –libertad-.

Hoy no he podido más, me he deshecho en mil pedazos. Agarré ese reloj tic tac y lo estrellé contra la pared. ¡Qué gusto!. Todo eso ocurrió mientras todos se daban un baño pero nosotros habíamos decidido quedarnos en las toallas sobre la arena y bajo un sol abrasador de junio.

Hoy he sentido el deseo. La primera vez que conscientemente tengo tiempo y conciencia para identificar esa sensación. Antes había existido pero también iba acompañado de una niña ansiosa que no se había permitido, por ejemplo, quedarse quieta y dejar que actuaran por ella. Esta vez ocurrió y así quietita, sumisa, paralizada como la presa de una araña envuelta en su tela, me quedé en mi espacio personal a unos cuantos palmos del suyo, mientras nos mirábamos fijamente y desplegábamos una conversación de silencios a gritos. Yo cerré los ojos y me dejé hacer. Él, con una pequeña piedrita, el único canto rodado del tamaño de una almendra que el universo se había encargado previamente de colocar en aquella playa kilométrica de arena, empezó a acariciarme. Lentamente aquella piedra iba dibujando círculos sinuosos en mi piel. La palma de mi mano, cada dedo, el valle que hay entre cada dedo, la muñeca cubierta de piel erógena y vuelta a empezar por cada dedo cuando en realidad yo deseaba que subiera por mi brazo y me apretara fuerte entre sus manos. No me estaba tocando, no había piel. Solo un leve contacto entre él, una piedra y yo. Había movimientos más rápido o más lentos que se detenían en los recovecos de mi mano, había más o menos presión, ascensos y descensos por mi piel, pero lo que más había eran raudales de deseo puro y duro.

En aquella playa ya no había nada más. Mi corazón latiendo a mil, mi respiración de compañera y a la par. La piedra. Mis ojos cerrados y degustando un nuevo sabor delicioso y estresante. Deseo. Quieres más y lo quieres ya pero no quieres que eso termine. Curiosa sensación en la cuerda floja.

Aunque me parecen segundos eternos no tardó en empezar a subir por el brazo. Primero, un bendito antebrazo recubierto de miles de receptores sensoriales capaces de hacerte enloquecer si estás dispuesta a ello. Después del antebrazo llega un pliegue aún más revoltoso. Desde allí al cerebro hay caminos más cortos, estoy segura, que activan interruptores peligrosos. Así hasta el hombro. Claro, para llegar al hombro también tuvo que acercarse, acortando espacios personales. Ya todo me daba igual. Quería más y lo que quería ya. El reloj tic tac estaba a muchos metros bajo tierra y por fin habíamos dejado nuestras mentes salir de aquellos muros de ética y moral.

Abrí los ojos, le tenía tan cerca aun jugando con aquella piedra y mi piel que nuestras respiraciones se acompasaron. Caprichoso sabio y controlador había conseguido llevarme a un lugar desconocido en el que estaba gozando sin tan siquiera contacto. Descendió unos centímetros su cuello y me incorporé ligeramente para buscar en el aire esos labios carnosos turgentes sabor húmedo, suaves como la seda. Todo era una bomba rompiendo esquemas y agotando su tiempo. Había llegado la piel. Sí.

Salieron del agua y de repente éramos muchos en nuestra escena. ¿Desdichados? En absoluto. El dueño y sabio caballero del deseo jugaba bien sus cartas. Añadió jugadores a la partida para estirar aquella vela que parecía haberse consumido intensamente en los últimos minutos. Todo aquello no había hecho más que empezar y aún no era ni medio día. Pasaron las horas, muchas horas, allí seguíamos. Pero si hay algo que siempre ocurre es que el sol sale por el este y también se pone, sí, efectivamente se pone, llega la noche y seguir en la playa ya no tenía sentido. Como muchos de los días durante ese curso tuvo que llevarme hasta casa en coche. Aunque aquel camino fue diferente. No paramos en casa. No fuimos directo. Ninguno queríamos que así fuera. Llevábamos horas queriendo estar solos y alimentando esa ansiedad. Pasamos de largo por la puerta de mi casa. Hicimos más kilómetros de lo establecido, pero a la porra lo establecido, para algo me sentía libre y grande.

De una playa del sur fuimos a dar a una playa del norte, esta vez a la romántica luz de la luna y con una brisa marina inundando nuestros pulmones. Aquello lo habría hecho más veces, estaba segura, pero esa noche fue solo para mí. Bajamos hasta la arena, extendimos una tela inmensa y nos acurrucamos en un diminuto espacio de ella. Deseaba tanto que no parara de besarme, de tocarme por todas partes. Deseaba que se metiera dentro y permaneciera allí toda la noche en un instante. Amarrada a él entre piernas y brazos. Los cuerpos no tardaron en hacerse uno. El tic tac por fin había parado de sonar en mi mente. Libertad corporal, nutrición del deseo. Encantada de conocerle caballero. Le suplico venga más a menudo de visita.

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A veces, hay sexo sin besos, que es lo mismo que un huevo frito sin pan o un tomate sin sal.

Nadie me puede parar. Me siento alto lejos, fuerte, allá arriba. Se respiran los albores de un estío que va a ser el mejor de mi vida vivida. He terminado la enseñanza secundaria obligatoria, en dos semanas selectividad y ya tengo el sabor en mi boca de la libertad total. Soy joven, siento el mundo girar bajo mis pies. Nadie me puede parar.

Salimos a la calle con mi amiga. La melena suelta, perfume, falda negra y top rojo, muy rojo, hambrientas. No puedo parar de sonreír, porque en realidad es la circunstancia la que me sonríe a mí. Allí están esas dos chicas devorando pasos, con sed de vida. La noche en mis manos. Cuánta fuerza en cada una de mis células. Doy un paso y me lo encuentro casi de frente en mi espacio personal. Claro, él es relaciones públicas del local y tiene que convencerme de que…no tiene que convencerme de nada. Ya soy suya. Nunca había visto a un hombre tan exuberante. No puedo ni definirlo. Tengo frente a mí a una escultura natural hablándome. Me habla de Madrid, de mojitos, del verano. He dicho que ya soy suya. Cuatro flirteos por compasión de mi ser y por hoy nos tenemos que marchar. No lo puedo creer, ¿esto existe realmente?

No tardo en volver a pasar por allí a los dos días, es fácil localizarlo. No puedo resistirme a esta oportunidad. Esa noche mi madre no está en casa. Nuevamente los cuatro flirteos que vienen por defecto en la compra y estamos en el coche hacia mi casa. Él es increíble pero como yo me siento la reina del mundo porque puedo con todo pues por qué no iba a ser yo la copiloto de Adonis. La noche es muy oscura, entramos por la puerta del jardín. Me apoyo en el marco de la puerta para charlar y empezar a desarrollar esos besos que me muero por darle desde que choqué directamente con ese lienzo de la perfección estética.

Sálvese quien pueda cantaría Gaby Moreno muchos años después. Parece que no todo es tan obvio como yo pensaba. Los besos que me derriten y alimentan no son siempre tan inherentes como yo pensaba a un encuentro entre dos cuerpos que se han hallado en el mismo espacio físico. Se salta un paso, para mi básico. No puedes rebañar el fondo de un helado sin pasar tu lengua por todo su contenido antes. No, eso no debe hacerse. Me pregunto si son sólo locuras mías.

Esta noche los mitos han caído. Los volcanes no siempre revientan, las palomitas no siempre se abren, no todos los capullos llegan a dar flores culminantes. A veces, hay sexo sin besos, que es lo mismo que un huevo frito sin pan o un tomate sin sal. Insulso y sin gracia. Rápido y transparente. No quieras venderme el banquete entero si no me vas a dar los entrantes. Un viaje de pocas horas que va de la exuberancia de una noche compartida a un desayuno atónito en mi jardín en soledad.

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Me enfrento a uno de esos casos de enamoramiento profundo crónico basado en la mera idealización de cosecha propia del individuo.

Me enfrento a uno de esos casos de enamoramiento profundo crónico basado en la mera idealización de cosecha propia del individuo. Suena complejo porque el amor lo es a veces, pero realmente se simplifica en un me encanta porque es guapo y juguetón y tiene a simple vista lo que a los diez y seis años espero encontrarme en un viaje puntual: mucho juego, aparente compenetración, historias de vida compartidas, etc, etc, etc…pamplinas, que diría hoy en día. Porque a medida que avanza la navidad austral me voy dando cuenta de que me gusta mucho muchísimo y soy capaz de construir alrededor de él un halo de colores, luces y corazones con notitas en todo tipo de papelitos y texturas, cuando en realidad es una de esas personas que a día de hoy podría clasificar como contenedores repletos de vacío, completamente obsesionado con la imagen y puros intereses materiales.

Pero hace calor, es muy latino, viene a buscarme a casa de mi abuela, ella nos espía a través de las cortinas y luego me cuenta historias en las que haberme pasado las horas buceando habrían valido mucho más la pena, antes que salir a pasear por la rambla con él. Mi Abuela, con mayúsculas, enamoradiza hasta la médula disfrutaba viéndome salir por la puerta del jardín con él, porque más sabe el diablo por viejo que por diablo; ella ya tenía la certeza de que era un juego pasajero.

Las tardes en la rambla son simplemente agradables. El vapor del océano, los mates compartidos, un toque de sur, notas de vaivén de cuerpos. Se está gestando algo y lo sabemos, aunque ambos nos resistimos porque la vergüenza, fiel compañera, está siempre sentada en nuestro mismo banco. El tiempo pasa y con él llega nochebuena, cena de familia, besos, abrazos, petardos y estallidos en la calle como siempre, comilonas y suena el timbre, es para mí! Salto a la puerta con mi minifalda jeans azul oscuro corta y ajustada, mi camiseta blanca y mi mejor sonrisa. Nos vamos, adiós, adiós a todos. Por fin! La calle para nosotros. Ahora casco, moto, plaza, sigue haciendo mucho calor y mucha humedad. Cumbia! Esta noche toca cumbia que se encarga de hacer pasar las horas eternas en aquella plaza con todos aquellos desconocidos pituquitos de camisas blancas o celestes y melenitas de medio lado celebrando la supuesta libertad de su espíritu o más bien diría yo, únicamente el verano que les espera por delante. La ciudad con todo su esplendor en la bahía brilla frente a nosotros. Para mí todo es secundario porque yo en realidad quiero estar con él y dejarme estar con él. A unos pasos de la madruga me propone sugerentemente al oído en medio de aquella multitud que desaparezcamos juntos, que ya va siendo hora. De nuevo repetimos ritual, casco, moto, calor, humedad, ahora podemos añadir un puñado de nervios y una pizca de aventura. Nos vamos acercando a nuestro barrio y me pregunta si me lleva a casa o nos vamos directo a la suya, que es tarde y no querré despertar a mis abuelos. Obviamente en pocos minutos estoy descalzándome en su jardín y sintiendo el agua fresca correr entre mis dedos mientras pisoteo el pasto. Estoy muerta pero entonces empieza a actuar ese sistema nervioso que nos lleva a los lugares más recónditos en las situaciones premeditadas y rescato energía de un lugar llamado ansiedad, pero ansiedad de la buena, de esa que llega a través de besos y caricias por una puerta diferente. Nos ponemos a hablar de cualquier banalidad mientras parece que nos estamos escuchando, cuando en realidad no sé él, pero yo me encargo de analizar de nuevo su tez bien oscura, su pelo negro y con melena de medio lado, esos hoyuelos que muy conscientemente contrae para que marquen dibujos de atracción en su cara mientras que su sonrisa actúa a modo de hipnosis y te va marcando un espacio cada vez más corto hasta que ya ni existe y son ahora los besos los que se encargan de definir la situación.

Fácil, sencillo, por inercia, estamos solos en casa, y en breve muy juntos entre sus sábanas. Damos vueltas, enroscamos cuerpos, queremos y tenemos muchas ganas el uno del otro. Pero pasa algo, no lo entiendo del todo pero la teoría me la sé de sobra, siempre fui muy curiosa y aplicada y bien por nervios, exceso de alcohol o cansancio los libros siempre decían que no hay forma de levantar aquel miembro de su lugar. El sistema parasimpático no permite que ejerza su función habitual. ¡Qué no cunda el pánico! eso también lo dice la teoría. Yo tengo que ser muy comprensiva, lo soy, pero parece que ha llegado el holocausto del Universo porque él está aterrorizado. Me echa un discurso larguísimo para explicarme esa teoría que ya tengo más que asimilada y me estoy quedando dormida y…me dormí. O me haces el amor o me abrazas y me duermo. Esta última parte viene a mi mente en un estado de sueño. Mañana será otro día.

Día que llega y amanece. Yo estoy más emocionada por despertar a su lado que por cualquier evento sexualmente desconcertante. Los placeres del cuerpo siguen siendo algo tan abstracto y desconocido que todo  merece indagar y ser aprendido. A los pocos días estamos de nuevo en su casa, cenando unos sándwiches de miga con coca cola. No tenemos excusa, ya no es la primera impresión, no hay alcohol de por medio, no hay agotamiento físico, pero entonces aparecen sus fantasmas y se repite la historia. Ahora sí, podemos decir que él es oficialmente impotente, o al menos así se autodiagnostica, con esa palabra de cuatro dolorosas sílabas pronunciadas en voz apagada, seca y destruida. Impotente, sí, ese terrible concepto que cualquier hombre medio desearía no encontrar en un radio de 10 kilómetros respecto a su eje. Especialmente aquellos hombres que consideran que la grandeza de su existencia es directamente proporcional al tamañoy fisiología de su apéndice reproductor.Yo no hago más que regalarle apoyo y risas, intentos de reducir su estrés. Pero ni uno ni dos ni tres…cada noche se sucede el peso oscuro y agonizante de la señorita impotencia. La historia trascendía a médicos incluso. En aquel momento sí que tuve estrés. Yo sabía que no era nada pero él no. Y si yo estaba equivocada.Espero que aquellos expertos supieran asesorarle correctamente Lo mío era un amor corto y divertido. Yo no tenía problemas, él se abrumaba en ellos. Yo tenía que demostrar que no pasaba nada, así que seguí dibujando corazones en papeles de colores y muy enamorada.

Las navidades acabaron, crucé un océano de vuelta en sentido inverso a alas agujas del reloj y aquello se fue diluyendo en cartas de colores, felicitaciones de cumpleaños, algún encuentro tras muchos años con su pertinente recaída sin importancia y sobre todo sin tiempo para comprobar si lo impronunciable se había solucionado, dentro de su cabecita claro está, porque fuera de ella yo ya lo sabía. Él no era impotente, sólo sufría los efectos desencadenantes del estrés. Chica, cuerpo, sexo en un mismo saco activaba ciertas respuestas inconscientes, a veces no deseadas.

No es el primero ni el último. Algunos lo asumen, lo superan, se ríen hasta de su sombra y entonces es cuando toda la sangre de su cuerpo es capaz de dirigirse a un único punto al mismo tiempo; otros en cambio huyen lejos muy lejos, no repiten nunca más, quedan fulminados por las apariencias. ¿Y nosotras? ¿Qué ocurre con esa disfunción sexual que no se visualiza pero se carga en silencio?

Por ahora soy joven y sigo en la escuela estudiando.

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Que frío sentí en el alma. Mucho frío.

Ay, ay, ay…si es que a mí me gustaba su amigo, pero él supo encontrarme mucho antes. He aprendido con los años que algunos hombres no se buscan, sino que te buscan  y te encuentran y corre de tu cuenta dejarte seducir. Su amigo nunca me obsesionó como otros, pero me gustaba mucho y yo iba a la barra a verle y comprobar que día tras día seguía siendo invisible para él. Un día me aburrí de ir por las mañanas y empecé a aparecer por las noches. La luna y el cielo negro siempre ayudan a tramar los planes con más holgura en el alma. Así que allí aparecí y él no perdió ni un minuto en ficharme, así como suena. Su amigo, mi especie de amor platónico, pasó a la historia, como esas revistas de adolescentes que miraba con 14 años y que de buenas a primeras me parecieron una atrocidad para la humanidad. Quedó fulminado, en cambio, ese alguien desconocido pasó a primer plano. Más aún diría yo, personaje principal escribiendo el guion en primera persona. Así que las noches con ese sabor miel en la boca me gustaron más, mucho más. Aquella tasca, su barra de madera antigua, su siempre buena música sonando, mi desplante de mujer independiente cuando llegaba allí y me pedía un vino con mis tan sólo diez y seis añitos,  el agitar de los volantes de mis faldas cuando me contoneaba hacia el baño sabiendo que él me miraba (y me deseaba)…pero mejor aún, su sonrisa de niño bueno con regusto final de labio de medio lado al tiempo que me guiñaba, porque siempre me guiñaba, y su forma de buscarme, siempre dispuesto, siempre llevándome y volviendo y yendo de nuevo, y paseándome por todas partes…ay, ay, ay que me terminó gustando.

Una noche de idas y venidas, justo antes de empezar el camino a casa como aparentes niños buenos, dispuestos ya en su coche, giró la llave de encendido pero no lo suficiente como para que se diera ese chispazo en las bujías, sólo lo necesario como para que dentro de él pasara algo que marcara el final del aguante, entonces se giró y me agarro el cuello y lo dirigió derechito al suyo allí donde dos labios se chocan y dos lenguas se entremezclan. Me besó y me besó reiteradamente.

Lo siguió haciendo cada noche durante aquel final de verano, fueron muchos días, tal vez hasta semanas. Las noches eran copias de la anterior, donde había alcohol, el detonante de su estado eufórico. Cubatas uno, dos, tres, cuatro, yo perdía la cuenta. Siempre contestaba lo mismo –yo bebo del tuyo- y terminaba durmiendo en mi cama feliz. Me reía me divertía, me hacía la mayor, pero no quería dormir con él. Algunas noches visitábamos a su gran amigo el cual siempre tenía la mesa llena de pollos, los que están llenos de polvo blanco. Nosotros nunca nos llevábamos nada, sólo era su amigo de la infancia. Otras noches consistían en cerrar locales con chupito uno, dos, tres, cuatro…Por suerte en eso siempre tuve las cosas claras y cuando no me apeteció no lo hice.

Pasaba el verano y yo me iba a marchar en algún momento, y no había sexo nunca, no me lo pedía, no me apetecía. Hasta que la noche anterior a mi partida decidí quedarme en su casa. Una tormenta de rayos que llevaba dos noches dando vueltas en el cielo, nos acompaño aquella tercera también. Entre rayos y truenos y nervios y cohibición, y un poco de ternura, nos desnudamos. La tormenta pasó, él terminó, yo le abracé, para mi había sido como nada, sensaciones contenidas de vacío. Así como mi abrazo terminaba él se giraba en su cama contra la pared dándome la espalda y así de rápido como caía un rayo allí fuera empecé a escuchar sus ronquidos.

Que frío sentí en el alma. Mucho frío. Yo estaba en el colchón de invitados en el suelo, desnuda y sola y me había penetrado. Eso era todo lo que había pasado. Frío.

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«me agarró la mano y me puso entre su espada y la pared literalmente»

Tal vez su forma de chulearme o de mirarme de arriba abajo mientras me servía mi malibú con piña desde el otro lado del sucedáneo de barra tropical, o bien su aquí estoy yo y nadie puede conmigo, hicieron que me fijara en él de una forma diferente. Aunque a veces las ansias de catar nos llevan por caminos errados. Pese a todo yo me dejé llevar.

Le visitaba cada noche al acabar de trabajar, así recibía mi porción de testosterona personal, de forma que yo me hacía muy mujer con cada una de las moléculas de sus hormonas. Pero no fue eso lo que desencadenó todo. La culpa fue de una noche a la que sucedió un amanecer agotador después de beber y charlar en esos tugurios que frecuentábamos todos, y ese amanecer en un embarcadero, con el mar transformado en espejo, reflejando un cielo anaranjado que nos recordaba que un sol de agosto cálido y radiante estaba a punto de asomarse por el horizonte. Fue exactamente eso el detonante de una llamada del mar. Así sin pensarlo dejé de ser mujer y pasé a ser una sirena. María, mi compinche de batallas, se incorporó conmigo y ambas nos despojamos de la ropa y nos fuimos deslizando en esa balsa de mercurio. Yo nunca vi ese cuadro porque era partícipe de él pero puedo imaginarlo, y cada vez que lo hago sucumbo a la sensualidad del momento. Ahora me asomo por la ventana de un otoño muchos años después pero veo la escena ahí fuera a la perfección. Al fondo, muy al fondo un sol naranja que se levanta marcando la línea horizontal que separa mar y cielo, un poco más cerca, casi tangibles, dos sirenas que se alejan nadando hacia la profundidad, entran y salen del agua como delfines jugando, y un observador solitario que contempla aquella estampa mientras fuma plácidamente la hierba más buena de su jardín desde los embarcaderos.

Yo me hubiera enamorado.

Él sólo tuvo clarísimo lo que quería. Me quería a mí. Esperó a que las dos sirenas volvieran a ser mujeres y sus piernas perdieran las escamas en la mar. Nos miramos y casi como sabiéndolo nos fuimos despidiendo de todos. Me quedaba a solas con él. Giramos la primera esquina y así sin mucho preámbulo, la antítesis del romanticismo adolescente, me agarró la mano y me puso entre su espada y la pared literalmente. Eran besos como con prisa. Yo no tenía queja alguna hasta el momento. Sabía con quién andaba y donde me movía. Reconocía esa especie de prisa por llegar, ejecutar y acabar, y a pesar de todo allí permanecí, impertérrita. La búsqueda incesante por encontrar un rincón donde subirme la falda empezó a ser un poco surrealista así que propuse ir dirección a mi casa y parar en el bosque que había antes.

Pero aún puede haber notas más tragicómicas en el trayecto. Resulta que entre el dichoso bosque y mi casa estaba el cementerio del pueblo. Así que pasamos de una escena donde el sol ilumina un amanecer sobre piel de sirenas a estar apoyada contra la tapia del cementerio y la falda casi de bufanda. Cuando él cayó en la cuenta hasta se asustó y todo. Recuerdo perfectamente aquel pequeño gran hombre entre atormentado y cachondo dejándose apoderar por el miedo de estar con una desconocida allí. Yo me reía, me reía a carcajadas.

A los pocos minutos llegué a casa, creo que eso fue uno de los mejores aspectos de la noche.

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Ellos me gustan negros y blancos, más ácidos, otros con matices exóticos…

Ellos me vuelven loca. Sobre todo en verano, cuando más despiertan algo evocador. Me encanta ver como se derriten arrastrándose por nuestra piel. Al principio son fríos y luego en tus manos se van calentando, se hacen jugosos, cremosos y muy dulces. Ellos me gustan negros y blancos, más ácidos, otros con matices exóticos. Incluso sus aromas, algunos vienen con flores, algunos son como de agua, otros más frescos, sí son unos frescos y aun así me gustan, otros bien densos y pesados pero a veces también me apetecen. No sabría por dónde empezar aunque siempre tuve mi preferido stracciatela y pistacho. Sí sin duda los helados me encantan.

Esta vez él me gusta más que los helados. De alguna forma me invento excusas para visitarle cada tarde en su heladería y pedir el dichoso combinado de nata con trocitos de chocolate que se fundirán en mi paladar y refrescaré con la crema de pistachos. Yo soy muy inocente y golosa. Sino, cómo iría cada tarde a por mí merienda y le pondría esos ojitos de almendra. Él tiene 24 años (aunque luego supe que mentía y eran 27) y ya le veo un hombre hecho y derecho. Le gusto, me mira y me sigue con la mirada todas las tardes al llegar a mi trabajo y empezar la labor delante de su heladería. Me siento totalmente observada, pero esto también me gusta. Él es muy italiano, muy cortés, muy guapo, muy moreno. Un caballero que me seduce a base de insistir día tras día. Pero me seduce porque me convence de que no soy una niña, no tan niña al menos. Consigue que yo vea una posibilidad juntos. Hace que le vea como una aventura potencial. Sin miedo. No hay miedo, nunca lo hay frente a las aventuras.

Hasta que una noche me invita a tomar algo. Estoy convencida, segura y decidida. No hay vuelta atrás. Me gusta que me mire como un hombre de verdad. Es algo nuevo para mí. Me dice cosas bonitas y me gana. Se sienta a mi lado en el bar, muy pegadito, se inventa una excusa para susurrarme un secreto al oído y entonces tengo sus labios sobre los míos. No cabía duda, iba a pasar. Me siento exuberante pero hay algo dentro que me sugiere que no es mi lugar. Estoy ahí más por la aventura que por el hecho de haber tomado consciencia de hacia dónde iba. Está bien vale, soy joven y puedo permitirme estas cosas aún.

En la siguiente escena estamos en su casa, con gente entrando y saliendo. Me dice su verdadera edad avergonzándose enormemente. Creo que en el fondo él sabía con más claridad que yo que aquel no era mí lugar. Me sigue besando cada vez más. Se excita pero es muy respetuoso. Nunca llega a tocarme nada. Yo noto su agitación externa e interna. Nos reímos y conversamos, y así como una serpiente que se escapa entre las malezas voy saliendo de aquella casa triunfante por haber sabido terminar la aventura a tiempo.

Estoy en mi cama de noche, me tapo con la sabana, aparece una sonrisa desde dentro y me confieso que los helados al fin y al cabo no me vuelven tan loca, siempre fui más de salado.

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La pimienta está cambiando

Cuando le pienso él sigue estando bajo el agua para mí. No recuerdo nuestro primer beso, pero si recuerdo la primera vez buceamos juntos.

Este verano me han regalado un curso de buceo y él trabaja en la escuela, así que todo está asociado a conocer ese nuevo mundo mucho más afín y al mismo tiempo acercarme a él.

Es menor, tan sólo un año menos, parece una tontería pero cuando tienes 16 años es como un abismo. Yo me siento entre impotente y aburrida porque el chico con el que estoy no quiere sentir, o no sabe sentir, todavía. Entonces aparece él, así como para recordarme las risas, los juegos, la seducción, la vida misma, la adolescencia, las hormonas. Todo es diversión. Preparamos inmersiones, nos echamos al mar, conectamos a 30 metros de profundidad entre burbujas y gestos cómplices, volvemos a respirar aire en superficie y nos brillan los ojos. Aseguro que no es el exceso de nitrógeno en sangre, sino esos momentos que se dan entre dos personas que se entregan a vivirlo.

Sigo sin recordar el primer beso, pero tengo el azul de sus ojos grabado. Recuerdo risas muchas risas y sobre todo recuerdo la primera noche juntos, su primera vez. Le recuerdo tan entregado en aquella alcoba con paredes de barro y arena y luz de velas y piel bronceada, y calor mucho calor. Aunque tardamos más en leer esta frase que lo que pudo durar aquel encuentro sexual, sigue siendo un momento catalogado como tierno, especial, único e intransferible. Todos sabemos que sólo hay una primera oportunidad para causar una primera impresión y tanto en su memoria como en la mía, sabemos que al envejecer y sacar esas conversaciones entre noches de amigos y vinos, aquella velada estará entre líneas.

Seguimos buceando en el Mediterráneo, seguimos experimentando siempre llenos de risas y peces de colores. Él venía puntualmente cada noche a visitarme a mi trabajo, y siempre sin fallar ordenábamos un plato de pechugas de pollo al roquefort con arroz…hasta que un buen día dejó de venir. La segunda noche también faltó pero la tercera, allí sóla yo ordené lubina a la sal. Él había decidido experimentar por otro lado con todo el derecho que un chico de 15 años llenito hormonas estaba necesitando.

Entonces el cocinero envió mi cena con una nota acompañándola que decía “La pimienta está cambiando” y efectivamente, la pimienta había cambiado. Yo no era la misma, nunca podemos volver a ser el mismo. Tal vez no queremos verlo o no queremos incorporarlo pero la pimienta nunca vuelve a ser la misma cada vez que vuelve a amanecer.

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«Sentirte rodeado de una multitud pero sabiendo que no existe nada más en el universo que sus labios sobre los tuyos»

Una mañana más me siento frente a la puerta del instituto con el resto de compañeros, aguardando el comiendo de un día más del duro y pesado segundo de bachillerato, 7:55 am y él aún no ha aparecido, voy a tener que irme a clase sin verle y mira que eso, sólo eso me hace feliz. Cuando le veo doblar la esquina y aparecer es como que los 5 minutos extras que demoré en acicalarme estando medio dormida esta mañana valieron la pena. Y cuando estoy a punto de cruzar el umbral de la puerta ahí está, le veo de lejos, le veo poco, le saludo tímidamente aunque más tímidamente me saluda él. Ahora sí puedo irme a clase de matemáticas pase lo que pase.

Así llevo un curso entero, hoy le veo y le hablo un poquito, ayer ni me saludó, mañana me escabullirá seguro. Es un chico tan inaccesible. Es tímido, muy tímido, pero eso ahora no me importa, para mí es como un caramelito con muchos envoltorios. Sigo insistiendo porque sino no sería yo. Va pasando el curso. Vamos compartiendo más y más. Tanto que un día incluso compartimos hasta un helado en la Miretti. Ese lugar de toda la vida con helados más de toda la vida aún. Pistacho y stracciatela claro está. El atardecer nos acompaña mientras paseamos por el paseo marítimo y nuestra merienda se va derritiendo. Me pone muy nerviosa porque quiero hacer muchas cosas con él pero su timidez y nerviosismo se me contagian. Sigo dando vueltas al cubo de rubik dentro de mi cabeza, giro a un lado y otro y no hay forma de alinear ni tres piezas del mismo color, el paseo se me acaba y estamos llegando a su casa. Hemos llegado y soy un desastre, vamos di algo. Vale, repito fórmula, lo voy a hacer, esto ya lo hecho y no tuvo efecto o tal vez sí, pero me siento segura preguntando primero, por su parte recibo algo, por la mia hay mucho más que algo, así que copio y pego y le digo –me gustaría darte un beso- y como copiando y pegando también de alguna historia tiempo atrás me responde que no podría darme sólo un beso, que no es el momento. Él está colapsado cayendo en picado en una fosa abisal con los nervios por las nubes. Yo me voy tranquilizando, es como que su inseguridad me hace crecerme. Soy otra. Me despido. Le doy las gracias por la velada. He perdido. Pero he ganado.

Mujer grande.

Pasan los días, me hago mil preguntas sin tener respuestas pero siempre termino un poquito más arriba que cuando empecé el cuestionamiento.

Entonces terminamos selectividad, ese examen terrible que parece que nos tenía sorbidos los cerebros y a él la líbido porque nos vamos a una discoteca todos juntos a celebrarlo, yo soy más feliz que nunca, he terminado una etapa académica muy dura, desbordo luz y felicidad por cada uno de mis poros y como guinda me llama, de cita en la cúpula gigante. La música suena de fondo, hay muchas personas allí pero cada una en su mundo, él me habla de tonterías, estamos tensos, no me importa, yo di mis pasos, ahora me muero de ganas de él pero ya no puedo dar más de mí. Entonces se sucede una burbuja atemporal de silencio dentro de la cual solo estamos él y yo y nadie más. Sentirte rodeado de una multitud pero sabiendo que no existe nada más en el universo que sus labios sobre los tuyos y algo dentro de gritando sí, sí, sí!

Y así han ido pasando los días. Nos tomamos un helado, nos tomamos otro helado. Vemos un atardecer. Algún paseo por los acantilados. Quiero hacerle el amor. ¡Ups! Dije eso en voz alta verdad. Es que los helados, atardeceres y acantilados están muy bien, pero en ciertas dosis. Yo quiero un poco de picante en esta historia. No por antojo sino porque me lo pide el alma –que no el cuerpo–. Hay un problema y es que es cada vez que le abrazo se asusta porque se da cuenta de que también en él y dentro de él ocurren reacciones fisiológicas. Las suyas son tangibles claro está. Los jeans aprietan mucho más en la entrepierna de un hombre que de una mujer cuando la excitación hace efecto, lo triste es tener que clasificar una realidad de la naturaleza como un problema. La evolución quiso que estas cosas ocurrieran para que la vida animal pudiera tener cabida. El intercambio de genes es necesario. Él no es consciente, perdón ninguno somos conscientes de todo esto pero al menos yo no tengo miedo. Miedo! Dichoso miedo que me acompañará tantas veces en la vida. Esta vez aparece para presentarse en forma de cohibición sexual. Así es. Para mi no es importante el sexo pero sí es importante conectar fluir sentir tocarse, la piel. Yo lo necesito. Él no puede aunque sé que quiere.

Cuando la desidia empieza a entrar en juego en nuestros encuentros en la casa de la pradera, aparece alguien nuevo en juego. Alguien que desde el momento cero me devora con la mirada. Puedo ver como se tensan sus músculos cuando mantenemos conversaciones y me llama, como un coulant de chocolate esperando para que agarres con fuerza la cucharita de postre y lo devores desde dentro hacia fuera. Aquí no hay nada más que hacer.

Nota del autor: A los pocos meses me enteré que pasó de helados en paseos marítimos a mantener una relación con una ninfómana. Saca tus pocas conclusiones pero el Universo es caprichoso, no te parece.

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…él me contestó -No voy a desperdiciar este beso en “un beso”, tendremos que vernos una vez más-. Touché, me tenía en sus manos…

Quince años han pasado, tal vez un poco más desde el día en que se acabó ese primer amor verdadero y también el frenesí autodestructor que lo acompañó. Ese amor que te cala los huesos y con el que crees que podrías hasta morir, ese amor que acaba con erre que erre y que se siente como un tsunami colosal, ese amor capaz de darte la vida o quitártela…aunque sabemos que eso es científicamente imposible. Muchos años desde entonces, fueron cuatro años juntos, dos personas implicadas, un pozo colmado de lágrimas vertidas, noches de estrellas, noches de fantasmas, cientos de sacos que podrían llenarse de todos los besos que recibí y un perfume, su único perfume, personal e intransferible. El mismo perfume que desde hace 15 años no tenía tan presente como desde esta mañana cuando abrí los ojos y él estaba en mi almohada. Esta noche Él, con mayúsculas, ha dormido junto a mí. Pero esta vez ha sido en paz, amada por unas horas, envuelta por un cuerpo al compás, con la complicidad física de dos cuerpos que se conocen de antaño, perpleja y aturdida por la paradoja, pero sobre todo, sonriente ante la vida.

Ayer lo encontré en una plaza, era otra ciudad, pero casi de la misma forma que hace mucho tiempo nos encontramos también en otra plaza. Los primeros minutos son de reconocimiento pero enseguida estábamos abrazándonos y buscando esa complicidad muy nuestra. Ayer nos fuimos a charlar y tomar unos vinos, después de los vinos más vinos, y más charlas, y mejores momentos, entremezclados con algún reproche sobre el pasado por su parte, que me hicieron recordar e intuir por qué no estamos ya juntos. Años atrás fueron varios días de encuentros fortuitos en una plaza antes de que la pequeña gran mujer asumiera que no había otra cosa en su cabecita volcánica. Por aquel entonces, él apareció de nuevo y propuse un paseo de despedida para abrir una brecha que crearía un vínculo para siempre. Allí, aquella tarde helada de invierno, sobre un banco de piedra frío entre las murallas de la ciudad, hablábamos, nos mirábamos, era la última tarde juntos antes de volver a nuestras casas lejos y distantes y no pude resistirme, tenía que hacer algo. Antes de despedirme lo hice y en voz alta me brotó un -quiero pedirte un beso- (acompañado de un estallido de miles de millones de conexiones neuronales funcionando al unísono dentro de mí). Y la respuesta fue No, una negativa rotunda que no podría haber sido más acertada, porque fue un no seguido del mejor anzuelo para una señorita como yo, así él me contestó -No voy a desperdiciar este beso en “un beso”, tendremos que vernos una vez más-. Touché, me tenía en sus manos…

Así como anoche pasó un tiempo de incertidumbre entre la plaza y su casa, donde vas en el coche de copiloto mirando el paisaje pasar y sabiendo cómo va a continuar la historia; hace años también pasó un tiempo entre aquella tarde en la plaza y nuestro segundo encuentro. La verdad es que el paisaje pasó más lento, fueron unos meses, y la certeza era diferente, sabía que había algo, se estaba construyendo, pero yo era muy ingenua, él ponía de su parte, estaba reconociendo qué ocurría en su interior, yo ya lo tenía reconocido, me gustaba y mucho y le iba a perseguir hasta el finis terre si hacía falta. Una vez más lo hice sin miedo. Cruzar la ciudad o cruzar el mar, anoche o hace años, llegar a su casa por primera vez, cocinar algo y que te abracen por la espalda descubriendo o añorando verse envuelto y entonces estar entregada, son aspectos que a tiempo pasado se me tornan muy similares, tal vez con ciertos matices ahora que puedo y tengo una cierta perspectiva de la vida.

Viajar a través de nuestros cuerpos adolescentes en una noche de amantes madurados no puede ser menos que intenso. Aquellos cuatro años juntos tuve desde mares de lágrimas hasta viajes en la montaña rusa emocional más alta que por aquel entonces había existido. Me enseñó mucho, me conocí más aún, aprendí y llené mi biblioteca de experiencias, me caí muchas veces, demasiadas, la vida hay que disfrutarla mucho más, pero como siempre me quedo con lo bueno y lo aprendido. Me regaló la primera explosión en mi centro de mujer, dícese orgasmo o clímax perfecto. Recuerdo la cama en esa habitación larga al fondo del pasillo con el cabecero dorado brillante. Fue la primera vez que sentí también otro placer, el placer de una caricia en la parte interna de las muñecas o lo que significa sentir en el dedo meñique del pie izquierdo un mordisco en el lóbulo de la oreja derecha. Descubrí la transmutación de tomar un vino rojo de toro y necesitar un trago de agua fresca después, a poder describir con todo detalle el efecto sensual y delicioso de ese zumo fermentado desde que tomas la copa en tus manos hasta que la última gota recorre tu garganta ardiente de deseo. Viajé a todas partes con él y me disfracé de muchos roles. La niña se hizo menos niña, la mujer se dejó despuntar por aquel patio de vivencias, y así de ese modo, poco a poco, fuimos viajando tan adentro de nosotros que se empezó a apagar la noche y aparecer las sombras oscuras. Los miedos, las dudas, el caos, la constante desconfianza. Yo, niña, luchadora, enamorada, con miedo a perderle, mentiras piadosas, creyendo tenerlo claro pero sabiendo que no sabía nada. Esta mañana me dio un beso en la mejilla y se marchó sonriente, me dejó notitas llenas de amor y gracia por doquier. Antaño se marchó, dijo basta y me dejó un tatuaje que costó cicatrizar pero que lloré y lloré hasta entender y crecer. Luego desapareció por muchos años hasta ayer…

…Ayer y hoy no estamos juntos porque no tenemos que estarlo, nos queda una preciada complicidad compartida, él sigue reprochándome o más bien reprochándose algunos temas que no aprobó en la escuela de la vida. Yo sigo vuelo y me siento feliz de tener más que nunca en este día de sol algo que Ajo resume brevemente y yo repito en este asunto no tan micropoético, “Teníamos unos veinte años y nos volvimos locos el uno por el otro, hoy casi doblegando la edad, seguimos locos pero ya cada uno por su cuenta”. Por suerte!

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…todo ese temblor interno puede actuar y canalizarse directo al cerebro para hacer funcionar a todas las neuronas de mi cabeza al mismo tiempo y con un único fin, generar la respuesta correcta…

Me gusta, me gusta tanto que no puedo parar de pensarle. Está en mi mente a todas horas. Le conozco desde muy pequeños, éramos unos niños cuando ya coincidíamos en esas fiestas de mayores con mucha música siempre. Pero ahora, ahora es diferente. Tiene todo, tiene luz, tiene una sonrisa que me abruma, tiene unos ojos rasgados, árabes, hechiceros, tiene presencia. Un presencia que no pasa inadvertida y además me pone muy nerviosa. Nunca me ha atraído nadie de esa forma ni me atraerá hasta el punto de perderme en él sin haber casi ni hablado. ¿Cuándo he estado yo  nueve meses en mi vida soñando a alguien cada día?¿Imaginándole cada noche? ¿Buscándole en todas partes intentando que se materializara? Él es único en muchos sentidos sin duda alguna.

Única fue aquella noche, que como en muchas noches con él, yo estoy nerviosa. Muy nerviosa, ¿lo he dicho ya? 31 de diciembre de mis dieciséis años, me como las uvas con mi madrina en casa y luego llego a una fiesta donde está él. Todo está escrito ya. Sabe que me gusta, sé que le gusto, pero cuando le veo me paralizo, no puedo reaccionar. Es tanto para mí. Mis amigos están aburridos de escucharme, cansados de aguantar las mismas historias en las que él es un dios y los demás mortales estamos años luz de alcanzarle, ja, que ingenua y que fácil es el enamoramiento a veces, sobre todo para alguien como yo. Por el camino voy recordando situaciones como aquella fiesta trans que fui con él y me sentía totalmente desubicada, pero no importaba, ahí estaba yo; o aquellas tantas veces que me daba de fumar marihuana de su cosecha y con tal de no romper la magia del momento yo hacía como si fumase aunque a día de hoy aún soy incapaz de tragarme el humo. También recuerdo cuando caminé hasta su casa a pleno sol de agosto con tal de verle, la sensación era como de una aventurera de la época medieval enamorada hasta los huesos cruzando un desierto y aguantando por amor, pero una vez más, el amor mueve el mundo, no es cierto? Llego a la casa, gente, fiesta, música, pasan las horas, y eso es lo único que pasa, porque no puede ser que no pase nada. No puedo pensar en otra cosa más que en él. Por momentos se acerca y hablamos pero cada uno está en su mundo y claro está mi mundo está en el suyo. Casi de madrugada, me rindo, lo he intentado todo. No puedo más, todos mis recursos están agotados. A pesar de que está todo escrito él es incapaz de dar ningún paso adelante y yo siempre le apoyo y pienso que las cosas deben ser así, él es vergonzoso y yo no tanto así que deberé armarme de fuerza y valor para la próxima e intentarlo nuevamente, aunque mientras me repito ese mantra para animarme, en realidad sé que arrastro un gran yunque conmigo porque una vez más no ha ocurrido nada. Mi madre está lejos y me dijo que simplemente fuera yo misma. Lo intento mamá, pero de verdad que me supera toda esta situación. Por muy yo misma que sea no hay forma de acortar las distancias.

Me acerco a él resignada y le pido que me lleve de vuelta a casa. Asumo un principio de año en soledad tramando el plan para la próxima ocasión. Puedo resignarme pero rendirme, yo? Eso nunca. Bien, me lleva casa, nos metemos en el coche, hace frío, unos segundos de silencio mirando al frente. No hay forma de que deje de temblar todo dentro de mí. Le pregunto qué piensa, me responde pero ni me acuerdo que pronunció porque realmente mi cerebro va a mil y soy incapaz de retener. Entonces, me pregunta en qué pienso yo, y ahí es cuando por alguna causa divina, todo ese temblor interno puede actuar y canalizarse directo al cerebro para hacer funcionar a todas las neuronas de mi cabeza al mismo tiempo y con un único fin, generar la respuesta correcta. Misión: parecer entera y despampanante al tiempo que seductora y genuina. Cómo estoy dando esta respuesta no lo sé, pero estoy entera, despampanante, genuina y muy seductora porque se me ocurre decir que no hago otra cosa más que pensar en lo que más me apetece en este preciso instante…así como dejando una puerta entreabierta y con algo de suspense, como manipulando la situación tal que alguien que está tranquilo e incluso lo hubiera premeditado de antemano. Sí claro, estaba muy premeditado, cientos de miles de veces, pero todo ese entrenamiento no sirve para nada a la hora de la verdad. Tras esos segundos vuelve a insistir, era obvio que mi respuesta necesitaba otra pregunta –¿y, qué es lo que más te apetece ahora mismo? – Sí, sí , sí, fuegos artificiales, bombas, explosión, volcanes en erupción, orgasmo mental, un globo de agua que estalla, destapar un bote que estaba al cerrado vacío o nunca mejor dicho la sensación de descorchar una botella de champan. Este es mi momento y ha llegado –pues estoy pensando que no puedo parar de pensar en besarte-. Entonces me mira y lento pero rápido pero suave pero inquieto pero implacable me planta un beso eterno con las luces del alba para celebrar que a veces, muy de vez en cuando, parece que el universo se pone de nuestro lado. El beso es largo y sabroso. Cuando por fin nos detenemos y reanudamos nuestra vida real también recordamos que estábamos en la labor de llegar a mi casa, así que en pocos minutos es donde estamos. La madrugada acompaña a seguir besándose, a no separarse ni para ver el sol que despunta. Del sofá lleno de besos a mi cama para llenarla de ellos. Estamos solos y como decía todo estaba escrito. Con mucho amor, con mucha suavidad, con muchas ganas, con incertidumbre y espíritu explorador estamos los dos desnudos bajo las mantas y de la forma más tierna y sincera que yo puedo recordar una primera vez vivida una única ocasión, él entró dentro de mí para pasar a la eternidad en la memoria de ambos como aquella primera noche juntos entregados en plenitud.

Yo sé y tú también sabes que la primera vez nunca es la mejor, ni la más bonita, ni la más intensa, ni la más nada de nada, sólo tiene algo personal e intransferible, que es única, y eso sí la convierte en algo irrepetible. Una primera vez para despertarse como me desperté yo, con una sonrisa que no se despegaba de mí, una vez primera vez en ambos, una primera vez donde lo más importante es no perder nunca el norte, o perderlo tanto que todo lo nuevo y extraño de una primera vez se tornen vitales. Una primera vez de las que son para siempre.

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Dime que tú también lo has sentido, dime que tienes arrepentimientos a tus espaldas, dime que no soy la única.

Dime que tú también lo has sentido, dime que tienes arrepentimientos a tus espaldas, dime que no soy la única. Por suerte sólo hay que arrepentirse de unos cuantos besos en una noche de mimos superficiales y poco más. Pero es que sí, él es el primero de algunos que omitiríamos si no fuera porque hasta de ellos he prendido tanto.

Cambio de isla y paso el fin de semana con una amiga en casa de su novio y él, el hermano de su novio. Todos amigos desde la infancia. En mi afán de unificar chicos y atracción él nunca estaba no digo en la misma frase, ni el mismo párrafo de mi pensamiento…él no entraba en la biblioteca de mi mente desarrollando esa actividad. Nunca me atrajo ni físicamente ni intelectualmente. Por el contrario, aquella noche cuando todos se habían ido a dormir y él y yo nos quedamos charlando en su habitación, tumbados en su cama sí hubo una conexión. No conectamos con el universo ni hubo una dimensión paralela, nada sofisticado. Simplemente estábamos. Estábamos solos, con una luz tenue, con mucho silencio, con la tentación del por qué no. Así sucedió, besos a un lado y otro de la cama, alguna risa y cadencia del momento. Se acabó, me planto. No quiero más, no me gusta tanto, quiero dormir y mañana será un gran sábado lleno de actividades que me seducen mucho más que ese magreo banal y entrópico. Lo siento, buenas noches!!

A veces las cosas tienen que hacerse de esa forma. Ojalá hubiera incorporado en mi ese impulso de decisión y emprendimiento para zanjar por lo sano cuando toda tu sabes que no hay mejor final que un No alto y claro. Tal vez de esa forma los arrepentimientos serían menos, pero sin duda alguna los aprendizajes también serían menos y quiero ser optimista y ver un faro allí al final en todo esto, aprender, dar pasos y evolucionar.

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Deseos exprés, rapidez del momento. Besos para sentir, para sumar…

El otro día pasé delante de aquel pub espantoso. Una mezcla entre glamuroso invernal de barrio con música comercial estruendosa y sobre todo mucho lívido en el aire siempre. Bueno tal vez ese último detalle sólo lo percibía yo. O tal vez me lo imaginaba. Ahora ya ni existe, están de obras en ese puerto y el edificio ha sido demolido para dar paso a nuevos locales más elegantes acordes con la evolución del lugar. Todo esto es anecdótico pero a mí me hizo volar la memoria mientras pasaba frente a aquel lugar donde pasé muchos sábados de mi adolescencia. La tónica era bailar, otros bebían mucho, bailar más y siempre buscar al más guapo, al más atractivo, reencontrarme con aquel que me gustaba tanto, etc. Siempre he encontrado genialidad y diversión en esto y así es como apareció él.

No lo sé ni lo entiendo pero así es. A mí me gusta. Sobre todo con quince años soy así. Hoy llevo los Lois azul marino que siempre me presta la diva de la clase (se los robaría si pudiera, a mí me quedan mucho mejor) y ese top azul que consiste tan sólo en un triángulo de tela, así que la espalda es toda suya. Nos conocemos de vista, es más amigo de mis amigos, pero a fin de cuentas mi espalda susceptible de cualquier efecto secundario está expuesta y rendida. La música sigue sonando y las distancias se van acortando entre nosotros. Me despisto, le pierdo, el lugar es oscuro y la música está muy alta. Tampoco me preocupa mucho, más bien es una cuestión de circunstancias del momento. Sigo bailando y entonces, como el universo había conspirado desde que aquella tarde decidí ponerme esa ropa, noto una mano acariciándome la espalda. Una mezcla entre vergüenza, incertidumbre, atracción, ansiedad y emprendimiento se conjuran en un momento y sólo hace falta eso, o más bien, sobra mucho de todo. Puedo notar sus dedos subiendo y jugando sobre mi piel. Escalofríos por doquier. Me giro y tengo sus labios encima sin siquiera darme ni cuenta.

Me gusta, claro que me gusta. El cortejo siempre es interesante. Pero cuando hay un cortejo de verdad. En estas circunstancias más bien tenemos deseos exprés, rapidez del momento. Besos para sentir, para sumar, para poder conocernos más a nosotros mismos que cualquier otra cosa en el universo. Lo necesitamos como un regalo para nosotros. Él y yo prácticamente ni hablamos. Caen unos cuantos besos más como intermitentes, sin saber de dónde vienen ni a dónde van básicamente porque ni él ni yo teníamos premeditado que sucediera nada parecido. El nosotros se acaba tan rápido como la caída de la noche.

De esa forma un domingo más amanezco en casa con una sonrisa de medio lado y del otro medio un poco desubicada. A mí me gusta otro chico más que él con toda la certeza pero no tengo suerte y me niego a dejar de sentir lo que va por dentro, que viene a resumirse en una palabra alta y clara “química”.

Muchos años después de aquello puedo confirmar que efectivamente sólo había química, pero una química reducida al espacio personal de cada uno. Son historias que no se llenan de la interacción con el otro que tienes delante besándote sino relatos de uno mismo. A veces me pregunto qué escribirían ellos si hicieran el mismo ejercicio y todos sabemos que desde el blanco hasta el negro la escala de tonos posibles sería infinita en cuanto al resultado de su redacción.

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El Diez en las ocho letras del adjetivo brevedad que da cuerpo a las dos sílabas de aquel único beso.

El Diez en las ocho letras del adjetivo brevedad que da cuerpo a las dos sílabas de aquel único beso. Toda la brevedad del ser expandiéndose en el asiento de atrás de un coche un sábado nocturno con alcohol en el ambiente, pero sobre todo en nuestra sangre. Tomar una rotonda y sentir que los cuerpos están más cerca de lo que nunca habían estado ni estarían, y en tan sólo una ínfima parte de los segundos que lleva leer este párrafo suceder un beso.

Él no podía ser más, demasiado amigo como para traspasar ninguna barrera. Extremadamente fugaz como para poder hoy escribir algo romántico de aquello. Al mismo tiempo lleno de juego, de días acumulados entre clase y clase llenando las alforjas del flirteo, idas y venidas entre tantas otras vueltas del patio con ganas de probarlo.

Confieso que catar por catar nunca se me dio mal en aquellos tiempos. Siempre tuve la facilidad de hallar aventura en el brillo de los ojos. Con el tiempo quiero creer que soy más elitista, aunque no quiero perder nunca la capacidad de ver a la magia reflejada por doquiera que vaya.

Porque puede ser ligero, corto, breve, de los besos más sencillos que he compartido jamás. Un momento fugitivo de la realidad. Un regalo momentáneo de complicidad. Sin embargo es también un pedacito más del laberinto que sin duda alguna no, no se me olvida.

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Cuando juntas todos esos ingredientes en una misma receta, acaban pasando cosas.

Una vez más, la insistencia en buscar, en encontrar, en vivirlo porque sí se van de viaje conmigo. Esta vez un viaje con decorado frío y lleno de nieve de fondo. Un viaje donde realmente va el chico que me gusta, pero que al mismo tiempo está prendado de su mejor amiga, así que de forma muy consciente anulo cualquier oportunidad con él. Pero no puedo anular cualquier oportunidad conmigo misma. Me voy conociendo, muy poco, pero me agrando en ocasiones. Y esta ocasión es una de ellas.

Amigos, compañeros de clase, adolescentes, institutos y la clave, deportistas del CAR. Esas tres siglas no se me olvidaran nunca. Desde entonces el Centro de Alto Rendimiento de Madrid pasó a formar parte de mi cultura general. Todos juntos en un hotel cada noche, tras cada día después de haber disfrutado de aire libre y los deportes que ofrece una estación de esquí. Yo viajo con toda yo y mis 15 años. Con mis siempre ganas de mirar que hay detrás de cada puerta. De seguir probando sabores diferentes.

Cuando juntas todos esos ingredientes en una misma receta, acaban pasando cosas. Tal vez esas cosas son tan solo son unos besos en algún rincón del hotel. Tal vez realmente ni me va ni me viene. Sin duda, tampoco le va ni le viene a él. También, sé que si no fuera porque formó parte de esos grandes viajes excepcionales en la memoria, seguramente los vagos recuerdos que tengo de él serían aún más transparentes. Pero la verdad es que aquí estoy yo, viéndome como poco a poco hacemos por perdernos un poco, por flirtearnos un poco, por reírnos en total complicidad y juntos. Entonces llegan los besos. Besos rápidos, fugaces, de los que son casi incoloros, insípidos…agua que llega y corre. Ni tristeza ni rabia al despedirme de él porque ese viaje tenía que dar paso a otro.

Besos que más que vivirlos a ellos me hacen agrandarme a mí y ser consciente de las armas que estoy construyendo poco a poco. Son armas de mujer, una mujer en frasco pequeño aún, pero femenina. Ella. Muy ella. Muy yo. Sin embargo, llena de preguntas aún no cuestionadas por desconocimiento de la materia. Una mujer moldeándose en el barro de una tierra muy joven.

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Como a día de hoy cuando me traen el vino a la mesa para probarlo y respondo, sí, delicioso, nos lo quedamos, aunque sigo siendo una completa aprendiz del tema en cuestión.

Piel de porcelana, tacto suave, terso, fresco. Su color es leche de almendras. Sus pómulos redondeados y marcados dando el lugar y el espacio perfecto para unos ojos azules, abisales. Cuando aquello y todo él deciden seducirte no hay escapatoria. Primero llega, se acerca, te da dos besos apretando las mejillas con la fuerza y el impulso justos para que sea algo más que una simple bienvenida. Desde ese instante él, fruto de la bomba de relojería que desatan en su interior las hormonas encargadas de la función físico-química, ya no es él.

Apoyado en el quicio de la puerta mientras entreabre su boca y descansa la lengua en el cielo de la boca, al tiempo que extiende su brazo hacia arriba, te mira, simplemente te observa, como queriendo desatar un banquete pero hablando en realidad de las fiestas típicas de año nuevo en el pueblo o la previsión del tiempo para mañana.

En mi cabeza hay curiosidades como que él será el 8, el símbolo de infinito. Por muy inocente que me reconozca todavía siempre hay lugar para divagar, para entregarse al amor, para soñar. Me gusta. Desencadena dentro de mí un reto. Es un reto asimilado como cercano, el hecho de que sea el vecino del piso de arriba y al mismo tiempo casi el hermano de las amigas que estoy visitando por estas fechas, es como querer seducir a un gran amigo por muy nuevo que sea en mi vida. Al mismo tiempo, sus hormonas llaman a las mías, y entre ellas se montan la gran fiesta de nochevieja con 12 uvas y sus 12 deseos monotemáticos: quiero un beso suyo.

La noche transcurre, él y yo cada vez más cerca, te busco, me busca, nos hayamos y un beso con lengua invadiendo hasta el fondo de mi garganta aparece de repente. Me aprieta contra la pared levemente y yo voy derritiéndome poco a poco. Es un pub pequeño y oscuro como todos los antros de España profunda, pero mi burbuja tienes los colores que a mí se me antojan. Todos por el momento.

Esa noche termina pronto, todos dormimos unas 16 horas seguidas. El día 2 de enero en cambio,  me trae de regalo una visita al piso de arriba con nuestra soledad compuesta por una habitación donde solo caben dos y un aire lleno de ganas, de caricias, de abrazos, de lenguas, de tumbarse en la cama y notar como nuestros sexos a través de una tras otra capa de ropa desean encontrarse y ser los protagonistas. Pero aún hay mucha inocencia, los sexos permanecen lejos. Libertad de ser uno mismo y dejarse fluir mientras nervios e incógnitas se apoderan de nosotros. Nuestras manos se reconocen en el aire, somos unos románticos reconocidos, reconociéndonos.

Estar tumbada en su cama con aquellos ojos profundos arrastrándome al fondo de las fosas como si fuera el último beso que íbamos a dar. Noto su aliento en mi rostro. Él no sabe ser de otra manera que todo él entregado en cada pequeño gesto. Me gusta, lo dije ya?

Bajo de nuevo las escaleras y regreso para merendar, por segunda vez, con mis amigas, con la diferencia que ahora serán un vaso de leche con galletas de verdad. No puedo quitarme la sonrisa de encima. Una sonrisa que me tiene atontada pero que dentro de mi tiene sabor a triunfo, a mujer, a feminidad. Como sabiendo lo que haces, triunfadora. Como a día de hoy cuando me traen el vino a la mesa para probarlo y respondo, sí, delicioso, nos lo quedamos, aunque sigo siendo una completa aprendiz del tema en cuestión.

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Yo siempre soñé con cuentos de hadas, con corazones de color rojo, pero hay veces que los atajos emocionales pueden con cualquier intento de filosofar sobre el amor…

Dentro de la colección de sensaciones que pueden llegar a acumularse entre el hipocampo y el neocortex cerebral, la suya, corresponde en primer lugar a ternura. Él, un gran amigo que si bien el tiempo se encargó de situarnos en puntos muy lejanos del espacio, aún hoy diría que me dibuja una sonrisa dulce de medio lado. Pero también es cierto que recuerdo con la misma fuerza y la misma intensidad de un pájarillo cuando alza el vuelo tras haber permanecido en el nido toda la noche hambriento, las ganas de besarle a oscuras, de quedarme sola, de ser cómplices de miradas y ecos en el interior.

Un escenario sencillo de adolescentes. Música a todo volumen y la discoteca llena de gente. Siempre me reía de como bailaba, de sus zapatillas, pero con toda la certeza, aquello era más un intento de acercarme que de analizar sus virtudes realmente. Me había fijado en él pero una vez más, mi atención incrementó notablemente tras sentir su mirada en mí. Podemos viajar a un domingo de madrugada de un mes de febrero bien frío, casi cerrando el local, en el parking de polvo, cansados pero llenos de adrenalina, allí solos por unos minutos simplemente quiso confirmar si por la noche volvería a salir de nuevo y entonces fue tan sencillo como decirme –luego te voy a pedir para salir–.

Nada más, así son los adolescentes. Bueno, yo siempre soñé con cuentos de hadas, con corazones de color rojo, pero hay veces que los atajos emocionales pueden con cualquier intento de filosofar sobre el amor. Supongo que tener 16 años, muchas hormonas y pocas, muy pocas horas de sueño a lo que añadir niveles altos de THC controlando el cerebro de aquel chico nervioso que tenía delante, no le permitieron elaborar ninguna situación de esas de películas con las que yo aún sigo soñando. Pero me gustó. Me gustó mucho. Reí durante horas, y podría decir que hasta días, sobre aquella situación inocentemente premedita. Pero aquella noche fui al encuentro claro está, y no hizo falta decir nada, simplemente buscar de nuevo el estar solos, evadirnos de nuestros amigos, el salir del local unos minutos, el hablar de cualquier cosa cuando  lo que realmente queríamos hacer era acortar la distancia. Por fin reducir ese espacio intermedio de separación, estar más juntos, y ahí, justo ahí es cuando más recuerdo su sonrisa, su dulzura, su ternura, la capacidad de darme mimos tan sólo con una mueca, de sobrecogerme entera. Ahí y por eso hoy me dibuja una sonrisa dulce de medio lado cuando dejo la mirada perdida e intento adivinar donde estará y abrazo al viento para que le envuelva.

Me doy cuenta que su lengua me gustaba mucho, me hacía despertar mi sexualidad como cuando te desperezas por la mañana poco a poco, aún en la cama. Abres un ojo, lo cierras, aún es temprano, sigues dormitando, pero no puedes luchar con el cerebro que funciona rápido y entonces quieres más del nuevo día que está empezando. Eso me hacía sentir. Despertar. Gracias.

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“Quiero vivir, quiero vivir y reír” me decía a mi misma. Una pena gris aplacaba mi corazón permanentemente…

Debería haber parado el tiempo, haber parado mis pasos en seco mientras me cogía de la mano y me arrastraba al fondo de aquel antro oscuro y repugnante para meterme en el baño y querer meterme mano hasta el fondo, debería haber sido selectiva y reconocer que no reconocía nada absolutamente nada en el que me gustara. Aquí se abren dos caminos, el bueno, que pare el tiempo, pare mis pasos y dije no. Alto y claro. El malo, que solo me negué a besarle encima de aquel inodoro sucio, así que terminamos saliendo del local y caminando hacia su coche. Allí en la oscuridad de una noche de verano y bajo los efectos un alcohol de la misma calidad que el aire irrespirable del local en el que estábamos nos besamos durante no mas de cinco minutos.

Bastaron dos tonterías seguidas saliendo de su boca para que reaccionara y entonces fuera un “No” de los de verdad. Algo me hizo despertar y decir adiós. Mis amigas me esperaban con la misma cara de disgusto que volvía yo, pero eso si, riéndonos hasta la saciedad.

“Quiero vivir, quiero vivir y reír” me decía a mi misma. Una pena gris aplacaba mi corazón permanentemente, mi primer novio me había dejado tan solo unos meses antes y yo tenia ansiedades de vivir y superar el duelo. Ahora soy capaz de visualizar ese momento y esos por ques.

Esta historia tiene mucho mas aprendizaje posterior que inminente. Si es que podemos extraer algo de unos besos fugaces. El pasó, las horas pasaron y quedo como una rápida historia nocturna bajo los efectos del alcohol. Tal vez me enseño un poquito mas lo que seguro no me gusta.

La siguiente historia me esperaba. Yo soy de otra pasta esta claro.

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Alimentando mi insaciable sensación de aventura y hambre de mundo.

Casi primavera y una noche de viernes. Tengo tiempo al salir de la piscina después de nadar mi kilómetro pertinente y antes de marchar a casa. Me lo permito, el fin de semana aún es largo y cómo no me voy a entregar a una  nueva opción de saborearme a mi misma y reconocerme vividora una vez más.

Tiene mi mano bien agarrada, caminamos por un sendero, a lo lejos veo las luces del campo de fútbol, el deporte nos ha llenado de endorfinas. Hay un pollete donde me sienta encima, me abraza y me besa, me besa bien, me gusta la sensación prohibida, tiene algo que da poder y me lo quita. Fue ir y venir, corto e intenso. Besos y sensaciones de rapidez, nada más que eso.

No me cabe duda que él me ganó por ingenioso, por hacerme reír, por mirarme en el momento exacto con total seguridad de que caería tarde o temprano en sus redes. Él sabía que en algún lugar yo salía con otro chico, él también sabía que en algún lugar semanas atrás había besado a su mejor amigo, pero ninguno de todos esos saberes le frenaron para llevarme aquella noche de viernes a lo más oscuro del bosque para tenerme allí un corto espacio de tiempo, meterme mano escasamente y besarme hasta la saciedad. No era ni guapo, ni atractivo, ni profundo, ni sé si le gustaba bailar, ni cocinar…pero sí sé que me gustaba que se hubiera apoderado de mi capacidad de decisión y como todos sabemos estuviera alimentando mi insaciable sensación de aventura y hambre de mundo.

El tiempo ha pasado, son pocas veces las que he vuelto a traerlo a mi mente, es así, soy sincera. Un casual encuentro en un paso de cebra hace muchos años fue nuestro último espacio compartido. Seguramente ahora tiene varios hijos y ni recuerde mi nombre pero yo sí, yo le recuerdo a él, y más que a él, recuerdo el momento que sí fue nuestro mas allá de las circunstancias de la inocencia. Simplemente una noche de viernes de casi primavera donde seguí haciéndome camino sentada en la primera fila del carrito de la montaña rusa que definía mi vida.

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La aventurera, la intrépida, la de corazón…porque sentí que quería vivir algo y lo viví.

Sin duda alguna si existe un gen explorador, yo tengo expresión doble del mismo en mi organismo. Tal vez tener 14 años te hace ser explorador y por eso se explica este capítulo, pero me doy cuenta que muchos años después sigo siendo una aventurera nata de la vida.

El caso es que él no me gustaba mucho, ni atraía especialmente, pero cada vez que le veía dándose besos con su novia me decía a mí misma –yo quiero probar-. Los sábados de aquel invierno en que mi novio también estaba lejos se hacía mucho más sabrosos con aquella pandilla de cinco que éramos. Miradas arriba miradas abajo, él siempre ahí. Típico guapito que ahora pasaría inadvertido ante mis ojos, hizo que un buen día quedáramos tan sólo él y yo.

Recuerdo el pueblo, recuerdo mi ropa granate y negra, recuerdo la tarde de sábado invernal muy soleada en plena puesta de sol, su boina de medio lado, sus ojos azules mar profundo, y sobre todo la cantidad de conversaciones vacías que teníamos. Pero no me importaba, el gen explorador hacía su papel en el camino evolutivo. Había que probar más y más porque sí.

No creo que aquel flirteo que terminó en una historia de no más de dos horas dándonos besos poco sustanciosos pueda catalogarse como una de las grandes aventuras de mi vida, pero cierto es que siento que sí forma parte de mi propio puzle y me define un poquito más como la mujer que hoy siento que soy. La aventurera, la intrépida, la de corazón…porque sentí que quería vivir algo y lo viví aun sabiendo que su novia rondaba el pueblo de al lado y mi novio cuatro pueblos más allá. Pero era muy consciente que aquello eran besos para resolver las infinitas incógnitas que uno tiene de la vida siempre, y más especialmente a los 14 años, cuando tan sólo has besado a 4 chicos, nunca has bailado pegada a un cuerpo y sabes que esto es sólo es principio.

Tantos años después no he vuelto a saber nada de él, en cambio su amigo, el quinto en la pandilla que éramos también ayudó a alimentar a mi gen explorador, y como tal, merece un capítulo aparte.

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Así que me armé de valor, tomé aire, carrerilla, me creí alguien en ese instante…

Porque cruzarse con aquellos ojos y aquella sonrisa en la puerta de una carnicería en ese pequeño pueblo aquel principio de verano nunca me hubiera hecho imaginar que aquel sería mi primer gran amor con 13 años.
Y es que así fue. Todo un verano casi diría yo obsesionada
con cruzármelo en el futbolín del bar todos los sábados, en la película que proyectaban el domingo en el único cine del lugar, en el hipermercado donde todos comprábamos por falta de opciones. Pero no fue hasta el final de agosto, el 29 concretamente, una tarde
de sábado, que me puse mis sandalias de plataforma, mi minifalda gris y mi polo rojo, aquella era sin duda mi combinación preferida. Subí al pueblo con mis amigas en un plácido y a la vez nervioso
paseo, porque yo ya era consciente que él iba a venir y sabía que quería verme.
Allí estábamos en un banco, niños, niñas, chicos, chicas pero también él y yo y yo y mi burbuja, claro está. Minutos después sólo quedamos nosotros como si el aire hubiera estado implícito de lo que tenía que ocurrir y todos aquellos pre-adolescentes hubieran estado respirando la obviedad de esfumarse de ese rincón de la plaza cuanto antes. Al
menos así lo veía yo, deseaba tanto quedarme con él y nuestro propio mundo. La conversación llena de adrenalina llegó dando saltitos has
ta un –aquí aún hay un tabú que resolver- me dijo él. Yo sonreí y supe que estaba todo hecho. El aire se alivianó súbitamente y empezó a entrar en mis pulmones nuevamente; pude entonces responder
–el tabú está resuelto y sabes la respuesta-. Sencillo, irónico, dulce, inocente fue como las chicas de entonces nos hubiéramos referido a aquel acto tan importante de “pedir para salir”. Ahora estábamos saliendo. Aquel chico de ojos verdes y profundos y llenos de
vida, y dulzura, y una sonrisa grande y blanca que salía desde
dentro era ahora mi novio.
El misterio, nuestra compenetración en todos los besos, abrazos, son
risas que nos regalábamos cada vez que compartíamos un minuto juntos. Fueron ocho meses exactos. Ocho meses repletos de minutos felices. Tiempo en el que me hice un poquito más mayor pero sobre todo un mucho más entera.
Aquel chico se encargó de repetirme una y mi veces todo lo que le gustaba de mí y eso me hizo grande y fuerte y confiada. Todo lo
grande, fuerte y confiada que podía ser mi proyecto de personita por aquel entonces.
Recuerdo las miradas de los otros niños (y sobre todo de las niñas) con envidia sana de ver cómo dos se unen, se compenetran y se comparten de una forma sana. A ese recuerdo le pondría miel de romero como sabor. Al siguiente recuerdo en cambio le pondría jalea de jengibre para definirlo. Un Levi ́s 501 enfundado en él a la perfección,
yo que le abrazo por la espalda y enfundo a su vez mis manos en los bolsillos, un pulgar que encuentra un agujero en el bolsillo delantero derecho de un chico que nunca o casi nunca llevaba calzoncillos. Fácil y rápido como el picante del jengibre que llega a tu
cerebro cuando muerdes un pedacito fresco en medio del wok de
verduras que has preparado, pues así fue como escuché por primera vez una exhalación al aire llena deexcitación en mi pareja porque también fue como por primera vez yo tocaba el glande
turgente del sexo opuesto. Había más gente, nadie sabía lo que
ocurría pero él estaba inquieto y yo sólo sabía respirar muy rápido y mantenerme ahí. No hay un manual para esos momentos. Sentí una jalea en mis dedos, un espacio oprimido por un órgano que se
hacía grande, mi cerebro maquinando como disimular el goce
de la aventura entrando en un mundo desconocido. Sentí también, y nunca mejor dicho, el poder en mis manos del control a través del regalo del placer.
Tiempo después fui yo la regalada. Me llegó el mismo momento en el que exhalas por primera vez cuando una mano ajena se cuela entre tu piel y tus braguitas. Porque a pesar de que ya sabes desde hace tiempo lo que es la masturbación y con él nunca llegaste al
orgasmo, aquello era una isla diferente. Viajar a ese lugar de tensión mental y concentración física en un punto del cuerpo. Tengo la sensación fresca de notar como la sangre única y exclusivamente estaba concentrada en mi centro, y todo era culpa suya.
Ese regalo se sucedió en el tiempo varias veces. Era un añadido a la experiencia que vivíamos pero sin duda no la prioridad.
El final me costó entenderlo, tampoco hay un manual del dolor para chicas de 13 años que las deja su novio, su maravilloso novio con el que todo va maravillosamente bien.
Así que me costó mucho en aquel momento entender que la prioridad era sin duda alguna experimentar todo lo habido y por haber. Aunque gozáramos, aunque nos quisiéramos, aunque la vida fuera maravillosa… había que vivir todavía mucho más. De esa
forma me llegó el segundo gran aprendizaje de aquella relación que me quedó grabado por siempre y para siempre. Experimentar la dureza de cuando se termina el primer gran amor. Pero consistió en una lección dura, que te agrieta, porque fue él quien tomó la decisión de la libertad, pero tuve que ser yo la que se dijo asi misma, ya por aquel
entonces, que un novio se tiene para que te quiera y para quererlo, no para medias tintas.
Así que me armé de valor, tomé aire, carrerilla, me creí alguien en ese instante y acabécon aquel teatro forzado de besos espaciados por horas y miradas esquivadas llenas de todo lo opuesto a la compenetración. Lloré y lloré y lloré y hasta caí enferma de tanta exigencia y nervios. Pero salí adelante, me hice de nuevo, entendí mucho más de lo
imaginado oculto en cada sollozo.
Guajira se había enamorado un poquito. También tuvo que desenamorarse otro tanto. La vida pasó y el sol siguió saliendo por el este cada día sin ser consciente de cómo eso iba
impregnándome de novedades. Casi dos décadas más tarde puedo decir que el gran regalo de todo aquello fue el amor incondicional que nos tenemos hoy por sabernos, por conocernos, por admirarnos. Porque diría que él es una de es as personas impresionantes
que tiene este planeta sobre la faz de la tierra y mi gran suerte, vivirla en la primera persona del singular siendo casi una niña.

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2

Estaba ahí de una forma diferente, al menos estaba, no como el resto que sólo se amotinaban contra nosotras cuando lo que deseaban era comernos a bocaditos.

Entonces llegó la primavera, y el buen tiempo y las tardes en el pueblo. Nos habíamos hecho tan mayores en tan poco tiempo. Claro, madurez era algo muy lejano aún pero en un breve y corto espacio de unos meses con mis compañeros de clase del colegio habíamos pasado desde pelearnos por el balón en el patio hasta soportar que te subieran la falda para que se te vieran las bragas. Pero ahora ya no, ahora estábamos invadidos por hormonas como la espuma en una de esas fiestas de discotecas de verano.

Él resultó ser el maricón, el gordito, el marginado de la clase. ¡Qué malos pueden llegar a ser los niños cuando quieren! Con los años él es un sex-simbol de cuidado y yo, yo puedo decir que sus quasi primeros besos fueron experimentados conmigo, y los míos con él. Al haber tenido una infancia torturada por los dominantes de la clase, él se hizo un hueco siempre entre las chicas. Estaba ahí de una forma diferente, al menos estaba, no como el resto que sólo se amotinaban contra nosotras cuando lo que deseaban era comernos a bocaditos. Cuantas veces habré oído decir “los que se pelean se desean” y no entender nada de nada de lo que ocurría en la mente de esos niños inmaduros. Yo siempre deseaba y yo nunca peleaba.

Una tarde calurosa y con mucha humedad en el ambiente, ya casi anocheciendo dábamos un paseo entre las 4 calles disponibles. No estábamos solos, éramos un grupo, además de muy acompañados por nuestra atracción mutua que llevaba días asomando en todos los momentos que coincidíamos. Sin querer queriendo esos eran muchos. Muchos más de lo que encuentros azarosos estadísticamente comprobados se dan entre dos personas que comparten un mismo espacio. ¡Seguro!. Me miró, se acercó a mí y con un aire de seguridad que salía de algún lugar que aún desconozco, me dijo –ven conmigo- y yo, sin dudarlo me fui. Dónde? Pues a otras de esas 4 calles que por aquel entonces tenía el pueblo. Pero esta vez fue al final, donde ya no quedan casas, donde llega el resplandor de alguna farola desorientada, donde algún coche aparcado sirvió de trípode para sostener mi cuerpo que suavemente y con una sonrisa apoyó allí y así poder entonces mirarme fijamente y acercarse a mi boca con unas ganas tremendas. Porque aquí nadie identificaba aún ni romanticismo, ni control, ni conciencia alguna. Estábamos vendidos completamente a una serie de procesos fisiológicos inherentes a toda adolescencia  pero ajenos a nuestro ser. Era un efecto wasabi generalizado de pies a cabeza. Besos, besos, besos y más besos. Poco tiempo. La pandilla que aguardaba. Besos cuello besos lengua nuca, ups, ¿eso fue un roce a mi teta?. Mi cerebro no daba para registrar más entradas. Y vuelta a la vida real. -Volvamos que vienen a recogerme mis padres- me dijo. Le acompañé, saludé con mi mejor carisma y le di dos besos a su padre. Por aquel entonces las niñas muy niñas llevábamos esa purpurina a modo de sombra en los ojos como maquillaje para principiantes. Entonces ocurrió lo que casi recuerdo con más cariño de toda esta historia, además de que aún sigo encontrándome con él en aviones y seguimos intentando seducirnos sutilmente sólo porque una vez dejó de haber aire entre nosotros durante el espacio de tiempo de unos besos. Su padre me sonrió y me dijo sin bajarse del coche –que guapa estás con esa purpurina, la haces brillar-, mientras mi reciente cómplice de fechorías se incorporaba al Range Rover. Entonces su padre se giró, lo saludó y comentó –vaya hijo, no sé cómo habrá llega hasta tu mejilla esa purpurina-. Y así fue como pasamos, con unas carcajadas compartidas, a ser tres cómplices en una historia de dos actores.

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No sé muy bien todavía lo que es el amor, no sé qué significa un beso…

Yo tengo solo 12 años, aunque ya llevo 6 sabiendo que los niños, los chicos me permito llamarlos ahora, me gustan y me gustan mucho. No sé muy bien todavía lo que es el amor, no sé qué significa un beso más allá de esos besos regalados, siempre con el chico que no suele gustarte tanto de tu clase, en esos juegos premeditados en un rincón del patio del colegio o en alguna excursión donde la nocturnidad nos permite evadirnos un poco más si cabe. Pero yo, que me miro y me siento viva, y hago listas de todos los chicos que me gustan, y dibujo corazones, y adoro el color rojo el día de San Valentín, y no me gustan ni mis cejas ni mis dedos ni mi pelo, ni mi barriga siempre más abultada de lo que me gustaría, ni mis granos adolescentes, aún no he besado unos labios de verdad. Tampoco tengo esa constante preocupación, cuando no has probado algo ni siquiera sabes qué sabor tiene.

Pero entonces llega el verano, y con él, el calor y un campamento estival. Algo así como 60 jóvenes en pleno estallido hormonal luchando por entenderse y hacerse un huequito en el mundo sin siquiera tener constancia de lo que ello significa. No soy consciente de mis capacidades pero nada más poner un pie en lo que resultarían ser 10 días de experimento emocional en una zona de alta montaña, hago, tal vez, lo que después repetiré el resto de mi vida en circunstancias similares, echar un vistazo en busca del niño, más adelante chico, y luego hombre que me atraiga de entre toda esa multitud. Es algo mecánico, yo no lo hago, lo hace mi mente incluso antes de que tenga tiempo a reaccionar que estoy buscando algo, alguien que me llame por alguna razón. Simplemente por buscar ese entretenimiento mental que se da entre líneas mientras mi actividad basal va sucediendo. Le veo. Le he visto, ahí está. Además, una amiga se lio con él en la edición del año anterior del mismo campamento y en caso de no haberlo identificado a la primera como el chico que acapara mi atención sentimental, ella se hubiera encargado por activa y por pasiva de no parar de hablarme de él y lo guapo que es y lo bien que besa y lo especial que resulta, días después se arrepentiría tanto de haberme dicho todo aquello. Repito, tengo 12 años, él 13. Tampoco hablamos de grandes experiencias, aunque para mi es tremendo todo lo que estoy viviendo.

Pasan algunos días, te miro, me miras, risas, vamos a buscar jarras de agua juntos durante el almuerzo. Y entonces llega el día en que salimos a patinar sobre hierba. Cualquier excusa hubiera sido válida porque a mí todo me suena a escena de película romántica. Él lo sabe (bueno es un chico de 13 años así que básicamente no sabe ni que lo sabe) y yo sí lo sé. Nos quedamos un poco apartados y así tonteando, meloseando, mirando de un lado a otro me dice –¿quieres salir conmigo?-. Sí, sí, sí! Me han pedido para salir! A mí! Yo que sólo me veo unas piernas muy largas y soy más pequeña, y mi amiga está loca por él, pero me han pedido para salir a mí. Yo no sé ni lo que es salir ni lo que es respirar en ese momento. Pero tras un dulce y corto sí, desde mi más humilde corazoncito añado –yo no he salido con nadie aún-. Por favor, compartamos la carcajada sonora tras ese momentazo de sinceridad. Ya ni recuerdo cuál fue su respuesta pero algo de ánimo y complicidad, porque desde luego si algo había ahí, eran un chico y una chica hechos un manojo de nervios.

Así que ya está, tengo novio, ahora soy la novia del chico con el que salgo. Que abstracto todo esto. Llega la noche, yo nunca he besado, me aterra pensarlo pero tengo tantas ganas. Nos vamos a dormir por grupos de 6 en bungalós, cada uno dentro de su saco de dormir. Él y yo quedamos en las literas de arriba flanco derecho. El tacto áspero y el color verdoso de esos colchones de espuma sobre los que pacían nuestros cuerpos nerviosos está aún tan presente en mi mente como el té de especias intenso que saboreo en este preciso instante. Mi corazón va a mil, mi respiración más rápido aún, la garganta se me seca y soy incapaz de tragar saliva sin poner en evidencia mi inocencia en el mundo del amor físico con el sexo contrario. Cada periodo de aproximadamente sesenta segundos, sí un minuto lo sé, nos vamos acercando unos 5 milímetros, sí lo sé una eternidad, y así poco a poco los cuerpos que se atraen van quedando más juntos en ese universo que parecía de distancias infinitas. El desenlace culmina en un ansiado dulce sencillo húmedo lento beso con lengua que siento dentro de mí como si llegara a mi esófago. Todos dormían a nuestro lado y nosotros nos dedicamos a besarnos durante no recuerdo el tiempo exacto pero sí el necesario para que el agotamiento mental debido a la intensidad nos llevara al sueño.

Así fue, así fue ese primer amor que siempre y por siempre será el número uno de una vida llena de montañas rusas. ¿Qué pasó con él? Pues esas noches de besos se repitieron, esos besos detrás de un árbol, en el asiento del autobús volviendo a casa, en el avión del trayecto final, todos se repitieron. Luego el verano hizo que cada uno siguiera su camino, yo me dedique a escribir por todas partes corazones con su nombre hasta que un día volvimos a quedar y así como me pidió para salir también me dijo que ya no estábamos juntos. La verdad, fue como un –oh, las galletas se han terminado! qué pena!, qué sabor viene ahora?-.